viernes, 10 de junio de 2005

Sobre la desilución

Capitulo I

A mi paso los árboles lloraban y las rosas desesperadamente tristes se quebraban y morían. Las piedras golpeándose unas con otras adormecían su dolor, y las estrellas no cesaban de moverse locamente en el cielo. La luna irónica me miraba mientras una lágrima rodaba por su mejilla, la que, cuando llego al límite de su rostro, en el cielo pareció una estrella fugaz.
Mis pasos dolorosos que se hundían en la tierra empantanada de lluvia “saliva de nube estornudando” por alergia a la soledad, me guiaban a no se donde, pues mis ojos no apuntaban ya al camino o al futuro, deseaban quedarse en el pasado, en la nostalgia del corazón…
Tú sombra me seguía todas partes. Se hacia presente en mis dedos murmullando algo en el aire, o en lápiz escribiendo no se que, o en el cuaderno amarillo de mis notas. En mis ojos abiertos, en mis ojos cerrados. Y tu nombre se repetía en mi cabeza y se sumergía insistentemente en mi sangre. Mi alma se escapaba, se perdía, se escapaba en las huellas del camino buscando el resto de ella que en alguna parte de este mundo plano y finito estaba.
A mi paso las hojas verdes caían y las estaciones no pasaban; quedábanse todas observando al unísono al Universo fracasar.
                    Hasta
                            Que
                                    Te
                                            Olvide…
Y todo volvió a ser rutinario y trivial; a mi paso los árboles ya no lloraban sino que eran unos individuos inamovibles y lentos; y las rosas rojas, blancas y azules no comunicaban nada ya. Las piedras como siempre quietas y desinteresadas se hundían en su indestructible introversión, y las estrellas desde el cielo miraban incólumes, quietas, casi sin luz y apagándose. El sol alegre veía como nada nuevo ocurría y como a su paso vivían y morían las cosas.
Mis pasos sin sentido, sin pasado, insensibles, superficialmente tocaban el suelo duro que expelía, casi por motivos personales contra mi, un polvo sofocante, café, opacado y aburrido.
Mis ojos dejaron de mirar atrás; pretendieron mirar adelante pero las luces e imágenes que allí habían, que aguardaban la llegada de alguien y su hora, los confundieron a tal punto que se quedaron taciturnamente mirando el movimiento de los átomos de oxigeno.
Las estaciones pasaban en el orden establecido, pero extrañamente mi cuerpo no respondía a sus estímulos sino que seguía imperturbable su senda ya trazada, planeada minuciosamente sin derecho a improvisación por alguna mente desquiciada. El frió que correspondía al invierno me seguía en el nacimiento del hermoso canto del ruiseñor, en mis pies haciendo sonar no se que cosa orgánica vomitada por los árboles y hasta en las gotas de sudor de las personas que existían con sus vidas preescritas debajo de la luz amarilla causante de la fotosíntesis.
Solo mis neuronas funcionaban con simples y aburridas ecuaciones matemáticas carentes de algún sentido metafísico.
Y mi alma… ¿Qué es el alma? Creo que lo olvide.

Durante un tiempo, el tiempo que demora un haz de luz en convertirse en estrella, los libros lanzaban unos símbolos a mi cuerpo que entraban por mis poros, mis orejas, mi boca o nariz; algunos rebotaban y caían más allá del horizonte. Lo extraño es que ninguno de esos símbolos esquizofrénicos se quedo tal cual como entro, sino que en la enredadera de manguera, donde ocurren metabolismos y reacciones electroquímicas, evolucionaron retro y pro activamente y me oscurecieron tan exageradamente la vista que estuve a poco de morir por cruzar una avenida con congestión vehicular y automovilistas agresivos, y a un paso de caer precipicio abajo al norte del país del infierno.
Cansado ya de tantos arco iris en blanco y negro que llegaban después de alguna absurda lucha en el cielo entre no se que gente, la cual, luego, lloraba a sus muertos, me senté en el ocaso de espaldas al mar mirando una montaña plana que no se había depilado hacía tiempo.
Mientras el sol se alejaba de mi presencia una figura parecida a la melodía triste de algún genio vagabundo se sentó a mi lado, mirando lo que yo, hastiado, me había negado a mirar. Su presencia -o por lo menos eso me dijo con la mirada, el Papá Árbol que en ese instante miraba turbado las noticias- le dolía al universo, y al reconocerla las olas comenzaron a crear su tubo espumoso en dirección del sol poniente del horizonte pacifico siempre esperanzado en tierra firme.
Algunos pasos hacia allá y otros hacia acá. Y seguían los cielos perturbándome los ojos con aquella imagen de virgen cínica que decía ven a mi; y eso quisiera yo, pues, de alguna u otra manera, aquel recuerdo, al cual no le quedaban ni siquiera vestigios de alguna ves existido en cierta tierra erosionada por dolor y la sangre derramada en la guerra de las preguntas angustiosas del porque nos pasan las cosas, se las ingeniaba para susurrarme su nombre en la cabeza produciendo el ya conocido y triste tun-tun.
Me perturbaban los cielos, con la simple, franca y sincera intención de perturbarme, si, nada más que perturbarme. Entenderán ustedes que sufrí demasiado en cierto momento por ser el universo Yoscéntrico.

1 Mapaches:

Rubén dijo...

Amar.........



Un hombre fue a visitar a un sabio consejero y le dijo que ya
no quería a su compañera y que pensaba separarse.

El sabio lo escucho, lo miro a los ojos y solamente le dijo una
palabra:
"Ámala". -luego se callo-.
- Pero es que ya no siento nada por ella.
- Ámala, -repuso el sabio-.

Y ante el desconcierto de éste, después de un oportuno silencio, el
viejo sabio agregó lo siguiente: Amar es una decisión, no un
sentimiento; amar es dedicación y entrega; amar es un verbo y el
fruto
de esa acción es el amor. El Amor es un ejercicio de jardinería:
arranque lo que hace daño, prepare el terreno, siembre, sea
paciente,
riegue, procure y cuide.

Esté preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias,
mas no
por eso abandone su jardín. Ame a su pareja, es decir, acéptela,
valórela, respétela, déle afecto y ternura, admírela y compréndala.
"
Eso es todo, Ámela".

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