miércoles, 30 de julio de 2008

Divagación -Fragmento-

Se dio cuenta que alargaba la face del encanto, no solo por superficialidad hedonista, sino que mas bien, por que la experiencia le proveía de la conciencia para saber que, lejos del encanto primitivo del ser desconocido, el siguiente paso es el amor y la miseria del otro. O quizás, su propia miseria, tan evidente, tan oscura, tan preclara para el, pero no para los otros. Entonces, también recordó que, la que ahora era una certeza, una cosa concreta que poseía y que sonría junto a el, siempre fue, antes, una de las mujeres que mejor caía dentro de su ideal. Una locura moderada, una valentía elegante que no la hacia perder la fragilidad. Se dio cuenta también, que eran pocas las mujeres que calzaban con sus ideales,  las mujeres en su mayoría son simples, presentistas, carentes de ideales, defectos que no atribuía a su género, si no mas bien a la calidad de humanos. La diferencia es que en los hombres esto se podía suplir con la complicidad o quizás, porque con ellos se contentaba con la displicencia, con el reproche directo, con la discriminación argumentada en su falta de sesos, pero con las mujeres, por hermosas, no se podía hacer esto. Y se daba cuenta entonces, que la hermosura de las mujeres no era suficiente, que en general, lo que en sociedad se obliga a cultivar en las mujeres -de ellas mismas hacia ellas mismas- era la distancia de las buenas maneras, y no precisamente, la arrogancia de la duda, o el arrojo por la liberalidad, pues, ese arrojo, quizás, atentaba contra las pretensiones, contra la ambición natural de la mujer, una cierta incapacidad para el olvido de las formas, una especie de falencia con lo quijotesco, una decepción errante por las ideas, que además cuando es en contrario, es carente de método, e invasora de sus emociones, por lo que parecen equivocas en todo, en forma de vestir, en forma de peinarse, y la anarquía intelectual se combina con la imposibilidad del dominio propio que termina por convertirlas en mujeres inseguras, en mujeres superficiales con pretensiones de profundidad. Pero esta era distinta, siempre lo supo, y quizás siempre gusto de ella y sus formas, sus maneras arrogantes, o divertidamente arrogantes, inocentemente arrogantes, inconscientemente arrogantes.
Entonces notó que extendía la face del encanto, no por temor a que descubriera su propia miseria, sino que por descubrir la miseria en ella, la miseria inherente a todos los seres, ese pedazo oscuro y fétido que existe en cada uno de nosotros y que quizás, solo alcanza a entrever, una sola persona en la vida, o quizás ninguna, o también, suele ocurrir que esa persona en razón del amor, o por cobardia, o por cansancio, cuando conoce la miseria hace como que la desconoce o no cree en ella o la enfrenta -que es la menos de las veces- y el amor al fin sale del estado soporífero en que lo inyectaron los jóvenes amantes antes de comenzar a laburar, antes de comenzar realmente a vivir. Y le gustaba recordarse en su elegancia, en la retorica de café parisino -aunque nunca haya ido a París-, esa retorica elegante y delicada, casi homosexual, de café parisino con cigarillo en mano y una chaqueta clara bien puesta, sobre un suéter verde -y que ella miraba con nervio por el mal gusto-, quizás tejido a mano, quizás comprado, quizás regalado por una hermana o una tía, aunque no es muy probable. Y ella mirándolo y admirando la falcedad -no por propia de el, si no porque esa conducta siempre es falsa- de su encanto, sabroso y exquisito, pero vacío. Se tensó al saber que esa situación no era eterna, aunque quizás si, pero no podía sostenerse sobre si misma por mucho tiempo, porque el vacío no sostiene nada, y el encanto de la conquista es semejante a estar en un abismo sin salida donde dos imbéciles van callendo y sonriéndose de caer, quizás no de caer solamente, sino que de caer juntos, juntos al fin, aunque sea callendo en la falsedad vacía del encanto. Entonces, de nuevo, se recordó adolecente, o quizás joven, oliendo en todos los rincones el absurdo de la belleza femenina y su abandono a las formas -de las que cabria desconfiar en su totalidad-, de su simple abandono al pedazo de carbón con el que se pintan los ojos y con el que no saben hablar decentemente con una persona medianamente culta, y no era que, como ya había pensado antes, fuera una condicion exclusiva de las mujeres, sino que los hombres también, de igual manera, eran en su mayoría, unos idiotas mediocres, que preferían la tranquilidad del robot sin alma, a la angustia de la sorpresa, o de la filosofía constante. Y llendo mas al fondo del asunto, se dio cuenta de que lo que realmente le molestaba, era la forma en que las mujeres utilizan la belleza -o la incoherencia entre esa belleza y la vacuidad de sus almas- de forma engañosa, como si fuera un comercial eterno de ellas mismas -no todas, porsupuesto-, o como poniéndola antes que las palabras, antes que una buena película, o antes que un buen libro, o antes que cualquier elemento de retórica inteligente que se espera de cualquier persona medianamente decente. Pero no, la matemática del sistema, los obliga a todos, y todos, como ovejitas-lobos con un hambre insaciable, buscan el oro, y se sacan los ojos, para si mismo, y para poder follarse en paz el mejor culo de la belleza vendida de esas mujeres sin rostro -o identidad-, bellas, pero la belleza sin sangre, de una roca que si no fuera por lo que la rodea, no tendría valor. Y así, luego de haber cerrado un episodio que estaba inconcluso dentro de si desde su juventud y que ciertamente le concitaba cierta ira, volvió a admitir que esta mujer, nueva, o vieja, alta o baja, era distinta, y que eran pocas las mujeres que el consideraba como consideraba a esta mujer, y que tambien eran pocos los hombres verdaderamente valorables en este mundo. Y que le agradaba en extremo su conocimiento sobre literatura, porque en alguna medida eso satisfacía su vanidad, su egocentrismo literario, y llegado a este punto de sus divagaciones, se centro en si mismo y se rio de lo afectadamente intelectualoide que lo habían puesto los años, con impostaciones de voz que no se conjugaban en nada con la manera en que pasaban caóticos los pensamientos por su cabeza, y de como le latía fuerte el corazón cuando expresaba sus ideas, hasta el punto de que las manos le llegaban a temblar, y de cuanto había aprendido a mantenerse frió y distante pero con tino, con sincronía, con empatía con la distancia del otro, se dio cuenta que de alguna manera el mundo también se lo había comido, pero que a ella, no se la había comido nadie, seguía virgen en su inocencia, en su credulidad dudosa, porque así siempre había sido, y si siempre había sido así, y seguía siendo igual, entonces era quizás, una de las personas mas honestas que haya nacido mas o menos en los años que ellos habían nacido -sesentas, setentas, o quizás ochentas, nadie lo sabe- y que el también era en alguna medida un mediocre conciente y que su conciencia, si no fuera por la vergüenza de la cobardía, o por la añoranza de los placeres mundanos y paganos, lo habría llevado fácilmente al suicidio o al menos, al abandono de todo para convertirse en un vagabundo mas de esta ciudad inmensa en donde todos andan como si no tuvieran trasero. Entonces se alegró de que fuera capaz de reprocharse mentalmente tantas conductas adoptadas por ver la transformación de los amigos, o quizas, por acompañarlos a ellos y no sentirse tan solo, en su pretension de honestidad pelada, y le pareció importante, aunque no necesario, ni instantáneo que esta mujer, nueva o vieja, o alta o baja, lo conociera y supiera la cantidad de garabatos que puede pronunciar en un segundo, o lo viera sentado en su escritorio escribiendo, o lo viera bailando el baile de los famas -o como el se imaginaba que era el baile de los famas- o el baile de los cronopios -o como el se imaginaba como era el baile de los cronopios- se sonrió y se dio cuenta que la esperada ya llegaba, con su carterita en donde seguramente llevaba una libreta de anotaciones ordenadas sobre el clima o ideas superfluas, y seguramente llevaba unas pinzas y un espejo, y algun otro que inútil papel o alguna boleta de la compra de su último abrigo, simple, pero impactante, ahi la vio, acercarse, sonriendo, exitante, y palapable, o palpitable porque le crecia el corazón, al saberla ahí, cercana y besable, esa mujer de la que cualquier hombre podria sentirse orgulloso de sentir al lado, la vió y se dijo que sería más honesto, y que quizas daria por terminada la falsedad de la conquista, y le diria que la amaba, y que siempre la amo, o que siempre la buscó pero en otras formas, en formas equivocadas, en formas erradas, y que siempre la imaginaba desde la literatura, y que solo por ella sabia que no habia que confiar en las formas sino en las ideas, porque las ideas no se mueren, y por eso ella, no se iva morir nunca, porque ella era un idea o un ideal, y que estaba agradecido de que existieran mujeres tan magnificas que de puro abrazarlas dan ganas de llorar, tan magnificas que la fragilidad del hombre, en tanto género, puede ser expresada con tranquilidad, sin que la hermosura orgullosa y animal de las mujeres de la prehistoria -la mayoría en general- no se sentiría ofendida, porque entenderia, en razón de su orgullo, que ver a otro llorar, o amar, no es un acto de cobardía, ni mucho menos de humillación, sino que la valentia mas cierta de todas cuantas es posible hacer a un humano o a la humanidad, y el acto de confirmación del amor propio mas poderoso, porque nadie ama sin amarse a si mismo, o quizas, nadie ama algo que no sea si mismo, o de si mismo.
Entonces la vio llegar, sentarse, saludar, lo miró a la cara, y le dijo todo lo que pensaba de el, que al principio lo encontro interesante, y que ciertamente le atraía, pero que la afectación con la que pronunciaba las palabras le fue provocando un paulatino asco, que se transformo en indiferencia, que se transformo en hastío por tomar cafe ahi, en esa misma tarde, con esa misma persona, con esa misma mesa, con esa misma postura. Y todo pareció cambiar, y el hombre ese, que no sabemos como se llama, aunque tiene cierta morfologia de un Simón o, quizas, de un Ricardo, se sintió herido, se pensó aislado y sin salida, y se dió cuenta que sin darse cuenta se transformó en lo que menos quería y que ella tenía toda la razón y en el fondo su mente le repetia "tu no eres asi, porque no lo dijiste antes" "tu no eres de esta manera, porque no fuiste como eres con ella", y ella no comprendia pero algo intuia, porque Simón o Ricardo, la miraba con unos ojos que la atravesaban o que le hacian temer que el descubriera las verdaderas razones, aunque estas no eran completamente falsas. que le hacían temer que Simón descubriera en ella su falsedad, que ella no estaba aun preparada para exponer su miseria, y que su impaciencia, la molestaba todo el tiempo, y que no veía en el mas futuro que los próximos segundo que va contando el reloj o menos, que no veia en el mas futuro que el que el mismo presente nos hace vivir para desaparecer. Pero ella algo intuía y solo por esa intuicion Ricardo se habia salvado de que ella expresara el asco que se transfomo en indiferencia que se transfomor en astío por los lugares repetidos, la misma mesa, el mismo café, las mismas palabras, quizas, el momento único en donde dos almas se traspasan estaba por ocurrir, o quizas era el punto ultimo en el que sus vidas confluirian, o era el ultimo cruce de las lineas de sus existencias, o quizas nada. O quizas nada. O quizas nada. Se repetia en su cabeza, o quizas nada, pero se sorprendia de seguir ahí despues de pronunciar palabras tan duras, y de que sigueran mirándose a los ojos despues de tamaña revelación que, quizas, fueron segundos donde se pensaron muchas cosas, o quizas un día entero en el que hicieron cosas distintas pero solo pensando en ese momento, o quizas realmente un dia entero o quizas horas, mirandose sin hablar, quizas, son las palabras las que manchan el asunto, o las personas que andan por la ciudad como si no tuvieran trasero. Ahora, en este momento, todo parece difuso, demasiado difuso, los años, la vida, los ricardos simones, la esperada, la espera, las transformaciones del tiempo y la vida, nuestra honestidad carcomida, o como se nos va dislocando la boca para hablar, yo me pregunto, porque no existen otra especie de humanos que se burle de nosotros, pero ahora no recuerdo, porque se levantaron de esa silla en ese café, y no dijeron nada, cada uno, quizas, fue a su hogar, o se encontraron despues, o se mataron, o se comieron, o envejecieron solos pensando para siempre en ese momento en el que se percibieron verdaderos por primera vez y quizas por única vez, o tal vez, desde ahi para siempre, pero eso no lo sabemos y de la realidad siempre es esperable lo peor. Se fueron y dejaron sus cafés a medio tomar, con unos restos de una torta de chocolate. O se torturaron despues en poemas, en cartas anonimas, hasta que sanaron y se casaron y tuvieron un perro y tres hijos, o tres perros y un hijo, se separaron, enviudaron porque uno de los conyuges tuvo cancer o murio en un accidente terrible de automovil. Y se encontraron de nuevo, ya envejidos, para darse cuenta que el unico momento cierto en sus vidas, la única cosa de la que pueden aferrarse, o de la que podría, será o es, ese momento en el que se miraron por horas, o quizas segundos, o tal vez dias enteros, intuyendose, sin palabras, sin besos, sin fluidos, y se sintieron, solos, asi, solos almas, ellos, solos, almas, ellos solos almas, almas que se juntan, que se cruzan sin la interferencia insulsa del cuerpo, hermosos pero insuficiente, y comprendieron que se amaron siempre, de forma ciega, de forma callada, pero que el silencio de los años, la distancia de la soledad, no los habia hecho olvidarse mutuamente, sino que amarse, o extrañarse, como un cancer que se extiende lentamente, y los habia vuelto mas honestos, y ahora, podian abrazarse, porque los principios no le bastan a nadie, y el final, el único final posible es la muerte, es el final verdadero, y ellos sabian en su honestidad, que se buscaron hasta el final sin querer encontrarse, porque siempre quisieron morirse el uno en el otro, o el otro en el uno, para que sus cadáveres se pudrieran, se hieran polvo, y volvieran a ser lo que siempre fueron -o lo que quisieron ser-: brisa y moléculas, o células, o algo indefinido que los hacia totales, absolutos y unidos sin necesidad de argumentos. Y que lo hicieron asi, por la simple razón de que no existia otra forma de hacerlo 

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