viernes, 14 de octubre de 2011

Declaración incompleta de principios

"Llegó un momento en la compleja

historia del hombre en que el mundo estaba

tan lleno de objetos útiles, que nada pudo inventarse,

y nada fue jamás llamado “nuevo”"

La racionalidad absoluta de lo humano completó todos los vacíos. Aunque la frase "racionalidad absoluta de lo humano" es, de por si, sospechosa. Podríamos querer escribir desde nuestras perspectivas, pero eso se nos antoja demasiado pretencioso, aunque, en el fondo, no tenemos el más mínimo problema con la pretensión, mientras sea franca, mientras sea de frente, mientras esa pretensión no quiera parecer castillo volador, sino que, más bien, cadáver de hace días, cadáver infinito, cadáver que nunca murió pero es cadáver, o sea, siempre fue cadáver, siempre será cadáver. En fin, no tenemos problemas con las pretensiones cuando son de esa calidad. El mundo, como nos dicen los científicos, dejó de posibilitar la inventiva. Aunque, decir que el mundo "deja" algo es, de por si, sospechoso. Podríamos querer escribir desde todas las perspectivas, pero eso, quizás, sea imposible. Aunque no tenemos ningún problema con lo imposible, ni con la idea de ello, siempre y cuando lo imposible se parezca más a un asesinato que al nacimiento de un nuevo salvador que nos regale otra oportunidad, como dice la canción. Siempre y cuando lo imposible hieda y no meramente huela, siempre que sea posible que lo imposible -sin valor la redundancia- merezca una renuncia total y no solo sea una potenciación a lo infinito de la virtud, es decir, siempre y cuando lo imposible se trate de latidos, grandes, completos, totales, y no meramente una respiración suave y sudorosa. En fin, esas son las clases de imposible que nos interesan. También, ocurrió que los matemáticos, que son los mas románticos de todos los seres humanos, acabaron, sin querer hacerlo, con las posibilidades del tablero de ajedrez. Se supone así que, normalmente, se gana con las piezas blancas y se empata con las negras. Conclusión que se asemeja mucho a la infinidad o a la inestabilidad, que es más bien estabilidad del pi, que dicen que es azar, pero es, ni más ni menos que la comprobación de que allá donde lo irrepetible se extiende sobre lo infinito solo hay una sola cosa y esa cosa es equidistante desde cualquier punto a cualquier punto; el mundo, el planeta, los científicos, los matemáticos, desde un punto a cualquier punto, el pi y el termino de las posibilidades en el tablero de ajedrez, en realidad, son una sola cosa, una unidad, una unidad que se junta y va al colegio y después, a la universidad con otras unidades. Pero, lo que ocurre en realidad, es nada. No sabemos nada de la unidad, de las unidades, de la totalidad, por eso solo queda lo vacuo y la exquisitez de lo vacuo, que es, precisamente, que se pude llenar de semen, de orgasmos y de cadáveres, que son, quizás, las tres únicas cosas importantes de todas cuantas son impotables. Pero, esa certeza, la de que el semen, los orgasmos y los cadáveres son lo único que importa, es, de por si, sospechosa. Y, más aun, para desmenuzar -y dejar en la duda o en la deuda- la levedad de la afirmación sobre lo que importa; lo que nos importa o lo que nos parece importante es algo que se parezca más a la finitud, algo que carezca más bien de utilidad, lo importante nos interesa sobre todo cuando parece que está en el borde -del precipicio- de la siembra de creaciones humanas como un ocaso derritiéndose en el mar, así en el horizonte, es decir, lo importante nos interesa, cuando es más gato-galaxia-muerta que perro-manso-vivo, puntualizando aun más, lo importante nos interesa mas bien cuando desde ahí se nos posibilita un paralelo entre algo y nada, o un paralelo estructural entre lo que se nos olvida y lo que no recordamos: lo importante nos interesa solo si desde la consecución de lo importante es posible destruir o matar o, nos interesa, solo si desde allí se nos permite la extensión confirmante de la incerteza total contagiosa para con los otros seres, pero intransmisible ¿como se transmite la incerteza? ¿Son verdaderamente transmisibles las certezas? Ahí donde, o más bien, allá donde lo irrepetible se extiende sobre lo infinito está lo que nos importa, allá. Y todo lo que es irrepetible es algo que se asemeja más a algo que esta cayendo que a algo que esta estable en un mesa, on, para ser más claros, es algo que se parece a un vaso de cristal cayendo, caída desde la cual nos prefiguramos -como incerteza- el estado luego de ese vaso cayendo irrepetible en el suelo -aunque quizás no haya suelo- y desde el cual, también, nos podemos mirar a la cara sin que lo percibamos, es decir, el vaso cayendo, o más bien, caído roto, es irrepetible y solo nos interesa en tanto vaso roto y no en tanto vaso. Aunque aun no nos definamos por algo que sea, más bien, el vaso cayendo o el vaso caído y aunque, además e importante de decir, la cosa que llamamos vaso roto no es un vaso roto, ni será jamás un vaso roto y hasta es posible decir que nunca fue un vaso roto, sea, más bien, una especie de ficción filológica que sirva para entender un poco eso que cae o que esta cayendo, que por la inercia misma de la caída -aunque esto parezca una mentira- deja de tener nombre posible o deja de tener caída posible, o deja de estar cayendo precisamente por la inercia de la caída. Aunque, nos imaginamos -usted y yo-, no solamente que el tiempo está ahí siempre presente, sino que, más bien, se constituye "tiempo en si dentro de eso que cae", o "tiempo eso que cae que no tiene nombre", aunque la innominabilidad de la cosa que cae, que no es una unidad, sino, más bien, es la unidad -pero no La Unidad-, tanto como mi mano soy yo, o sea, puedo decir, para ser claro y al mismo tiempo mentiroso, que mi mano soy yo, es decible ¿Que es esa cosa media morena y media roja con una especie de cinco algas firmes y articuladas o como cinco mini columnas con dos rodillas que tiene en el extremo que se vincula con el vacio de cada mini columna algo semejante al cristal pero más vivo , lo que equivale a menos puro, parecido al cristal pero más vivo, es decir más sucio, más cartilaginoso, más irreconocible, más inclasificable, que es esa cosa? Esa cosa soy yo, o, lo que es lo mismo, soy mi mano yo, o mi mano yo soy, o mano yo soy, o yo soy mano, o masoyno, manosoy, yomano, manoyo, mayono, yamono, onomayo, y asi hasta lo infinito. Aunque la innominabilidad de la cosa que cae es precisamente lo que nos entrega: lo que no podemos volver a entregarnos a menos, claro, que no lo intentemos y devengamos algo que no sea yo, ni nosotros, sino ser. Lo otro, que es más bien "eso" viene hace bastante tiempo derritiéndose, es que, cualquiera, cualquier punto pequeño e inverosímil puede transformarse en cualquier cosa y eso porque todos somos uno. Y lo otro o también, lo uno, nos interesa siempre y cuando sea soberbio, sea prepotente, y no una delicadeza francesa. Nos interesa, nos excita lo otro -y lo uno- siempre y cuando eso sea inmenso, arrollador, selvático, desértico, caótico, ebrio. Lo otro solo nos hace eyacular cuando es violento, cuando es sangriento y no meramente un razonamiento bonito como un ballet, si no que es feo como un punkroker defecando. Lo otro o lo uno nos interesa solo si se constituye como eso, más bien, desde el exceso, más allá del exceso, digamos, para dar un ejemplo, exceso de literatura, exceso de rabia, exceso de alcohol y drogas, exceso de sexo, exceso de pornografía, exceso de normatividad vacua, de manera tal que deviene caos, de manera tal que deviene lagrima, en lamentos infinitos cantados por un pájaro ininteligible. Lo otro o lo uno, nos interesa solo desde que eso sea extensivo a la desesperación y no a la tranquilidad, solo desde que eso nos conduzca más al precipicio que al hogar, a la imagen del hogar desde donde se vive o se toca o se abraza, no porqué tengamos problemas con el abrazo, sino porqué ya, hace tiempo, que esa clase de amor, o más bien, la evolución del amor a lo que es ahora no conviene a nuestras pretensiones subversivas, porqué el amor ya no actúa como motor sino que como tranca, como freno a eso que queremos y que desde estas circunstancias se nos hace imposible querer o pretender. Aunque en el fondo no tenemos ningún problema con el amor, sino que, en el fondo, lo anhelamos como un condenado a muerte anhela la absolución. Pero preferimos morir, sacrificarnos, autodestruirnos empuñar la piltrafa detestable de todo lo que somos, llevado al exceso, para violentar a los otros con la imagen grotesca de lo que son. Lo otro y lo uno nos interésa solamente en tanto arma asesina. Solamente en tanto posibilite nuestra muerte para la vida -otra vida- de los otros.

Santiago, 25 de agosto de 2008

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