lunes, 6 de octubre de 2008

Cuento espacial -incompleto, puesto aqui por desesperación-

Un día todas las personas inteligentes del mundo se juntaron y decidieron que lo más razonable -quizás lo menos doloroso, quizás lo más cobarde- era no tener esperanza. Yo, como usted se habrá dado cuenta mucho antes de comenzar a leer -o escuchar o ver en formato película- esta historia no les creí o decidí pese a los augurios de los inteligentes del mundo unidos quedarme con lo único que me posibilita seguir: la esperanza.
Yo, como todos en este planeta lo hacen a cierta edad, subí a mi nave espacial y anduve por los caminos que programé, por los caminos que preví, por los largos espacios vacíos de estrellas moviéndose en contra a la velocidad de la luz, visitando planetas, oyendo, observando, a veces muy callado en el ultimo rincón de ciertas galaxias, otras exacerbando el poder de mis miradas o de mi lengua o de mis pensamientos a tal punto que me temían, a tal punto que me odiaban. La impredecibilidad de cuando y donde mi ser actuaría de tal o cual manera nunca la tuve demasiado clara.
Cuando los inteligentes del mundo decidieron que la esperanza no era ya necesaria, agarre mi nave, unas dos o tres ropas, una que otra lata de comida envasada capaz de durar mil años y de transformarse en cualquier cosa que mi boca quisiera saborear y me largué. En la soledad de mi nave pensé en qué fue lo que pasó en el mundo para que los inteligentes tomaran esa decisión, cual fue el hecho traumático que hizo que todos temieran la no conclusión de la esperanza, para que todos temieran al dolor, y prefirieran, antes que todo -todas las posibilidades emocionales, los recovecos, los misterios, los caminos, los sinsabores, y los sabores infinitos del placer-, el sabor de la rutina, la parsimonia mentirosa que no entiende a los arboles que se mueven y se quejan y se enfrían y se vuelven a calentar y vuelven a sonreír. Que fue lo que ocurrió, bajo que lógica espantosa, deciden los humanos quedarse parados en su sinsentido en vez de usar las piernas o las alas para encaminarse un poco más allá de manera tal que cuando sobrevenga la muerte el mundo no esté donde mismo, sino que más allá, sino que un poco mas allá producto de la valentía.
Nunca, de todas maneras, me dedique a buscar a quiénes pensaban como yo. Más bien, vivía rodeado de otros, de seres distintos a mi. No se muy bien por qué, aunque tengo algunas teorías. Aquí, relatare solo una. Creo que esto era así porque no tenia ningún sentido buscar esperanza entre mis iguales, la esperanza, cosa misteriosa, debía ser encontrada por la copulación arbitraria de condiciones fantásticas, irreales, inexplicables. Quizás, también, porque ademas de esperanza, tenia un hambre insaciable de vértigo. En mi planeta, que quizás sea el mismo en el que usted, lector, vive, el vértigo es escaso, la posibilidad de la diferencia es ínfima, la naturaleza de "lo especial" -si es que hay naturaleza de algo- aun no ha sido descubierta y yo espero que jamas sea descubierta. De todas maneras existía una especie de vértigo cotidiano, o ficticio, cosas pequeñas que nos asomaban muy de vez en cuando a nosotros mismos -dependiendo de la seriedad o la fe que uno le daba a esos pequeños vértigos-, o nos hacían encontrarnos con los otros, con el de al lado, con los ojos de la persona que nos acompaña. Fricciones pequeñas: un chocolate, un gol en el simulador de fútbol, un gol del equipo preferido, simuladores de vida, simuladores de situaciones alegres o tristes. Sin embargo nada real, aunque la realidad de la realidad poco importe al fin y al cabo. Los inteligentes del mundo lo habían hecho de nuevo, nos llevaron no al punto máximo de felicidad -quizás momentáneo y eterno- sino al punto mas estable, aquel en que tanto el dolor como el orgasmo son inconcebibles, de manera tal que la vida es llevadera, fácil y predecible.
No sé muy bien como comencé a sentirme insatisfecho con esta situación, sin embargo, ante todo tengo un culpable: la literatura. O, quizás, las palabras escritas, las enciclopedias antiguas, los libros que ya casi no existen -ahora todo tiene una forma visible, pero no palpable-... las hojas amarillentas, los títulos alusivos y los no alusivos, los autores y sus vidas, las mismas historias que inventaban, todo se confabulo para sentirme insatisfecho... de todas maneras mi insatisfacción era anacrónica y estúpida, considerando que todos mis congéneres servían felices a la causa humana: "reproducirse y morir en paz". A veces pienso que hubiera sido mejor no haber leído nunca nada, o haberme inclinado por lo que hacen "los contemporáneos" -¿escritores?- es decir, leer los libros que nos dicen como hay que hacer las cosas, o como obtener a esa mujer deseada, o como no sufrir, o como aprender a sufrir o como hacer desaparecer esos sentimientos que no llevan a ninguna parte. Como si en verdad reproducirse y morir en paz llevara a alguna parte, como si la insatisfacción llevara a alguna parte, como si la vida llevara a alguna parte.
Aunque el pesimismo patente de las oraciones anteriores tiene algo de falso, mi esperanza es que la insatisfacción nos lleva a alguna parte. Por eso es que agarré mi nave, y solo me largué buscando un alma, una sola. No intentado encontrar la conclusión feliz de la esperanza, sino que la potenciara, la llevara hasta los limites mas dolorosos y mas alegres. En el fondo no me importaba mucho si era posible una sexualidad con esa alma: la diversidad de especies en el universo hace que uno no sepa todas las compatibilidades y esa misma diversidad hace que uno lo confunda con el infinito y quizás sea lo que mas se le parece.

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