jueves, 5 de febrero de 2009

Once. (parte primera)

    Once es el número de veces que más he hecho el amor en un día. Hablamos de un día entero, 24 horas corriendo incesantes. Y, es necesario explicitarlo, fue "hacer el amor" y no meramente follar, porque la persona que recibió mis embistes continuos o intermitentes o cansados o exitados y entuasiastas y expirementales y hasta tristes y solmenes, era una mujer amada.
No se si once sea un número impresionante, pero no importa. En promedio, once en 24 horas es tener relaciones sexuales cada dos horas y 15 minutos o algo asi. O menos. Me parece que la normalidad, cuando uno está en los primeros seis meses de enamorado es... hacerlo tres veces al día o tener ganas de hacerlo tres veces al día, porque no siempre estan los medios para hacerlo cuando uno quiere. Nosotros no teniamos ese frenesí, pero sí puedo decir que hubo un tiempo en que al menos lo haciamos diaramente. Su pelo era dorado y sus ojos verdes su estatura bordeaba el metro setenta.
      Cuando no la veia, la deseaba una cantidad inmensa. Gritaba por ella interna y testosteronamente. Aunque ahora, a la distancia, pienso que en realidad no era tan buena en la cama, creo que el buen amante era yo y yo fuí  quien le permitió derretirse en la locura animal del dejarse llevar por nuestras humedades sexuales. Pero era exquisita y tenia voluntad y tenia la suficiente dosis de obediencia y búsqueda intima del placer, aunque nunca jamás la vi volverse completamente loca y eso siempre me mantuvo en algun estado de tristeza incontenible. Pues, creo que la culpa era mia. Once, de todas maneras, nunca con nadie.
Once. La primera fue como a las cuatro de la tarde. No había nadie en casa, ella toco el timbre y yo la esperaba. Me gustaban sus besitos delicados y pequeños. Me gustaba tambien el sabor de su vagina. Me gustaban sus pies y la forma en que se movian cuando la penetraba y cuando ponia sus piernas en mis hombros y se oprimian como queriendo agarrar algo o alguien. Me gustaban o, más que gustar, me enternecia la forma de sus orgasmos callados y temblorosos, pero no me gustaba tanto la distancia, su eterna distancia, despues de intimar. No me gustaba tampoco, que me hiciera sentir que hacerlo era como hacerme un favor y eso era lo que sentía la mayor cantidad de veces, como si ya estuviéramos casados, como si ella no fuera una cándida jovencita, sino que una vieja amargada que ya no disfruta ni del placer más primitivo. Esa disposición a darme placer sin buscar el placer propio me derrotaba y me entristecia y me hacia pensar en otras mujeres. Aunque en el fondo siempre estaba ella ahí de nuevo y siempre me gustó su cuerpo y sus senos y su trasero, incluso antes de que fuéramos o tuviéramos algo que pudiera terminar en alguna cama. Algunas veces me masturbe pensando en ella. Y, también, la ví, gracias a la tecnología, corriéndose o bailándome, o mostrándome para satisfacernos y acortar las distancias y hacer menos sufridos los dolores. Creíamos que nos amábamos, pero nunca nos conocimos realmente.
    Fuí testigo de como crecieron sus senos. Creo que fuí afortunado, porque la primera vez que vi su torso desnudo el volumen de sus senos no era muy grande, y era mínimo comparado con otros senos acariciados por mis manos. Pero crecieron, quizás, porque querían agradarme o, quizás porque yo los toqué de alguna mágica manera o quien sabe qué. De todas formas, lo que más disfrutaba de ella era su trasero, preciosísimo y atractivo y bueno, no hay muchos adjetivos para describir la atracción por un trasero sin caer en la vulgaridad.
    Cuando abrí la puerta estaba ahí, mirándome como espectante, sabiendo lo que vendría, pero rogando un poco de paciencia. Yo se la concedí, le dí un ligerísimo saludo mientras pensaba en la facilidad de acceso que permitía el vestido que ocupada (esos vestiditos preciosos que solía ocupar). Mentalmente, mientras su labios presionaban los mios y se alejaban abriendo una pequeña brecha por la que extender el beso, repasaba mi gusto progresivo por esos besos-paz o besos lentos, o besos cariñosos.
    La forma de su sensualidad y la forma de su cariño me enseñó mucho más de lo que ella pudiera enseñarme con sus palabras. Las delicadéz de ver películas y comer galletitas y atún y queso y cositas mientras bebíamos vino me enternecían hasta la emoción, emoción que la mayor parte de las veces procuré esconder de ella, pues no entendería nada. Sus besos me enseñaron la paz. Quizás ella lo intuía, pues, cuando ya la distancia a la que estábamos condenados implantó el germen del odio y del desprecio esos besitos se hicieron cada vez mas escazos y lejanos. Cuando recuerdo esto, vuelvo a sentir esa ternura que sentía por ella, por su distancia y por su silencio y por su forma de andar en el espacio, tan sin pretensiones y tan acoplada con la realidad, sin rebeldía, sin reflexión, lo que no significa sin profundidad, sino que todo lo contrario. Siempre sospeché que en ella se explicaba de mejor manera la creencia en la importancia de las cosas simples. Pero ella no era una cosa, y entonces yo la quería y la amaba, y cuando hablo estas cosas vuelvo a sentir ese leve apretujón estomacal que afectaba mi espíritu y me hacia temer perderla y me hacia temer no lograr las cosas que ella quería de mi, que, en términos sencillos, era tener las posiblidades laborales suficientes como para ser un buen y conveniente esposo. Mi camino, sin embargo, iba por otro lado.
    Le pregunté si tenia sed y me pidió un vaso de agua. Fuimos hasta la cocina y cogí un vaso rosado de plástico en el que coloqué hielo y agua. Contrario a lo que se puede pensar y pese a la carencia de glamour, escogí el vaso rosado por razones prácticas, contenían el doble o el triple de agua que los vasos de vidrio tradicionales y supuse que la sed de mi compañera era proporcional al calor infernal que hace en los días de verano en esta ciudad. Subimos las escaleras...
    Cuando reflexiono un poco sobre el fracaso de nuestra relación intento ir un poco más allá de lo evidente. Y también me hago preguntas que emergen de mi actual soledad y de mi necesidad por compartir los momentos. No aprovechamos muy bien el tiempo juntos, de eso estoy seguro. Pero, ¿Porque, por ejemplo, no visitar más museos o no ir a más exposiciones o no ir a la cantidad de casas que tiene Neruda, o no juntar dinero para ir a la playa? Creo que, una vez pasados los seis meses de gracia, ambos supimos que esto no duraria, de todas maneras agonizó durante un año y medio, lo que es exagerado. ¿Por qué no proponer alternativas de diversión a las clásicas? A veces pienso que hay que tener cierta afinidad intelectual para pasear por la ciudad. Uno necesita sentirse acompañado y entendido y yo sabia que mis palabras entraban en ella disminuidas en un 80 por ciento, es decir, me entendía el veinte por ciento restante y ese veinte por ciento estaba contaminado con el diez por ciento de rabia que le era imposible omitir cuando oía mis ideas locas o mis reflexiones sin piso o mis vuelos sin dirección. Y yo, que acostumbro a escuchar, no me sentía satisfecho con sus opiniones y trataba de empujarla más allá, donde terminábamos chocando en un punto desconocido que no se encontraba ni cerca de ella, ni cerca de mi, creyendo que esas paredes con las que chocábamos era, en mi caso, ella y en su caso, yo. Es decir, era tan increíble la distancia de nuestras dimensiones que ni siquiera alcanzaban a rozarse cuando entraban en conflicto y apenas reconocíamos en ellos una diminuta y horroroza imagen de lo que no queríamos para nuestras vidas, pero que en el fondo éramos nosotros mismos y no ella, como yo creía que era eso que yo veía, y no yo como ella creía que era eso que ella veía.
    Subiendo la escalera la abracé, la giré y la besé, esta vez un poco más apasionadamente. Sin embargo, sus tiempos y su boca y sus cejas y un leve asomo de hastío me indicó, como ella seguramente quiso indicarme, que aún no era el momento. Subimos y prendimos el televisor mientras nos contábamos lo poco que podíamos contarnos. De todas maneras, logré lo que quería lograr, el nacimiento de la apetencia sexual. Y ahí mientras hablábamos y nos acercábamos lo hicimos por primera vez el día de las once veces. Ella encima mío sin quitarse el vestido y sin quitarnos la ropa, mientras yo veía las lágrimas de sudor de su frente y mis manos se posaban en su cuerpo y nuestros sexos se frotaban escondidos bajo ese manto de tela que llamamos vestido, mientras ella temía, como siempre, y no se dejaba llevar.

    El único que acabó esa vez fui yo. Escuchamos ruidos y en el momento en que me apretaba contra ella, contra sus senos y moría algunos segundos para volver a la vida justo para movernos de allí, vi como me sonreía desde el lugar donde se encuentran, se saludan y se abrazan la ternura y la preocupación. Alguien viene, procuremos que no noten lo que acabamos de hacer, decían sus ojos.
    Apresuramos el paso hacia mi pieza. Suena exagerado decir "apresuramos el paso" cuando apenas son unos diez pasos u once, lo que sería sopechosísimo. ¿Cuantos pasos habremos dado en realidad? ¿El hecho que hayamos dado once pasos después de copular por primera vez el día que lo haríamos once veces significaba algo especial?
    El sudor levantaba un levísimo velo en su frente, la agitación ruborizaba sus mejillas, su respiración me indicaba que quería más. Yo procuré satisfacer su deseo. La besé y lentamente fui indicándole con todo mi cuerpo que se acostara en la cama, seguí besándola bajando por su cuello, siguiendo por sus hombros, desnudando con mis dientes sus senos cubiertos de esa tela llamada vestido, vestidito. Jugueteé un momento con sus pezones. Con ambas manos cogí sus muslos y los apreté. Dirigí los suaves ataques de mis labios a esa zona. Mordí sus muslos, lamí su entrepierna, lamí y bese, y sudé con ella y sentí la profunda vibración que nació en su clítoris que terminó intermitente en el último axón de su sistema nervioso, en todos los extremos de su piel que ahora quemaba. Entonces me dijo que la penetrara, y lo hice y lo hicimos en diversas posiciones. Y llegamos juntos y abrazados al cielo. Dos.
    Nunca entendí muy bien esa ausencia con la que vivía. No entendí tampoco como era posible que ella apreciara tanto la ausencia constante en la que existía. Siempre he pensado que soy un egoísta, un ególatra, un vanidoso más, y hasta antes de mis reflexiones posteriores pensé que el ególatra y el egoísta en esta relación fui yo. Aunque ahora, he llegado a comprender que somos todos egoístas, todos necesitamos tener acceso en el espejo del que nos besa a nuestra vanidad. La reciprocidad se da en una cantidad inmensa de tópicos. Dos de los más importante son el oscurecimiento de la soledad, o la ilusión de compañía, o el cese definitivo del espacio lleno de moléculas que nos rodea, y la extensión, por reflejo con el amor que sentimos por el otro, de nuestro amor propio. En este caso la primera jamás se dio, al menos de mi parte, jamás me sentí acompañado, yo creo que ella se sintió acompañada hasta que yo me hastié de su continua ausencia y sencillamente volví a vivir como si estuviera soltero. La segunda,  la extensión de nuestras vanidades, duró en mi caso, los seis primeros meses, aunque rasguñando, aunque arrastrándose, jadeando; en su caso, francamente no lo sé. Creo que nunca le entregué alguna vanidad anexa pues, no alcancé a dimensionar como era que volaba, o como era que sentía, si es que volaba, si es que sentía. Quizás, su vanidad era la cantidad de aprecio que percibía de los demás, la cantidad de aprecio que los demás tenían por su belleza y por su elegancia. No era una mala vanidad, una vanidad bastante fácil de satisfacer. Pero ya sabemos que las bestias jamás llegan a transformarse en príncipes. Y mientras más pasaba el tiempo, los leves intentos de humanidad o de decencia que emergían de mí, dieron paso a gruñidos de bestia ahogada, a rugidos de bestia mal alimentada y ella no entendía nada, seguía de puntillas jugando a ser la dama, jugando conmigo a ser apreciada, a ser amada. Y nunca tocó nada importante en mi, algo que estuviera en el fondo de mi ser, por eso nunca la extrañé cuando todo acabó.
 
    A veces tenia pesadillas a su lado. Ella me cuidaba, es cierto. Me abrazaba y me tranquilizaba cuando despertaba gritando en la noche. En realidad no suelo tener pesadillas, pero tenia algunas gravísimas a su lado. Pesadilla fue un sustantivo recurrente en nuestra relación, desde el principio, también fue un adjetivo. Fue hermoso alguna vez que nos quedamos dormidos abrazados. En realidad, ahora estoy seguro que algunas pesadillas revenían de la misteriosa forma de su presión. Sencillamente no podía ser yo mismo a su lado, yo, honestamente, la hastié, la aburrí, ella me aborrecía profundamente.

 
    
    
    

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