domingo, 8 de marzo de 2009

Julio Medina. Capítulo III. (Novela)

    Se miró al espejo y notó la rojez inmensa de sus ojos. Había llorado las últimas cinco horas, la decisión fue tomada en las últimas 48, las razones se remontaban a meses o años, o quizás a la suma total de sus experiencias de vida. Se dijo que era bella, pero que no podía más consigo misma, se pidió disculpas y se quitó la vida rasgándose con un rápido movimiento las venas.

    Un largo monólogo le pareció oír de su boca mientras se desangraba. Pronunció nombres: 2 veces el de María Inés, 5 veces dijo Madre, 2 veces Padre, una, Julio Medina, 6 veces Dios, ninguna vez Alberto. Aunque este último estuvo cifrado en todas las palabras que brotaron de su boca mientras moría. En su mente la cadencia de la oración misteriosamente infinita que brotaba involuntariamente de su boca mientras el mundo se oscurecía, contenía siempre el ritmo y la forma de lo que ella creía reconocer como el espíritu de Alberto. Muchas veces pensó risueñamente, cuando aún podía sonreír, que el nombre de Alberto no contenía, o no significaba, o no refería a cabalidad la persona a la que ella amaba. Preferiría Tomás o Julián, o en última instancia Pablo. Nunca le gustaron esos nombres que referían a la fuerza y que por más que uno quisiera pronunciarlos con suavidad, por ejemplo en un momento de intimidad casi sagrada en donde cada palabra es espíritu y contenido de la totalidad de la atmosfera y de la poesía que se descubre en la totalidad cuando la saciedad se desborda y afecta, en dirección a la maravilla y al abismo y al paraíso, la construcción psicológica de lo que ocurre, no era posible; Héctor, Alberto, Roberto, Marcos, Hernán, Víctor, en fin, nombres que en realidad tienen vínculos históricos que los transforman en grandes nombres o, si se quiere, en hermosos nombres, aunque ella pensaba que no, esos nombres le parecían estéticamente horribles o, al menos, intransigentes, como si a las personas que llevan esos nombres no les quedara más que sufrir o golpear o pelear,  nombres anacrónicos que no contemplaban en sí mismos la posibilidad de la paz, sino que más bien sonaban como eternos gritos de guerra que no terminaban ni ofrecían tregua ni al pronunciante, ni al pronunciado. Es por esto que cuando pensaba en Alberto, no lo pensaba con su nombre de pila, sino que con el nombre de Silfo o el Silfo. ¿Cómo estará mi Silfo? se preguntaba a veces, acostada en su cama. Lo bautizó cariñosamente con el nombre de Silfo porque era lo que más se le parecía. Un ser inmaterial que vivía en el aire, un espíritu del aire que iba y venía moviendo consigo innumerables partículas de contaminación. Antes los Silfos eran felices, el mundo era más puro, ahora, todo estaba contaminado, ahora mi Silfo sufre contaminado con el aire que lo rodea. Quizás por eso mientras moría no pronunció el nombre de Alberto, quizás cantó larga y silenciosamente el nombre de aquella divinidad eólica como los brahmanes cantan el Om para llegar al infinito y hacerse a sí mismos uno con el Universo.

   

    Íbamos camino al infierno, miles de botes navegando en la nada hacia un lugar que no conocíamos, todos teníamos miedo, algunos conversaban sobre sus crímenes o sus pecados o sus creencias o sus dioses, nada servía, todos íbamos al infierno.



    Dicen que a algunos les dan la posibilidad de volver a la tierra, o a la vida... como sea que se llame. Dicen también que cuando una está muerta tiene la posibilidad de entender muchísimas más cosas y que por eso se sufre aún más y que la falta de compañía, compañía fantasma o compañía espiritual o como quiera que se llame es tan terrible que hay algunos espíritus que caen en una horrorosa depresión que tratan de mitigar asustando humanos. Cosas inútiles que nos llevan a ninguna parte.

    Antes que me dijeran que se me concedía la posibilidad de volver y  que dependiendo de mis acciones fantasmales podría acceder a algo mejor a lo que me estaba preparado por ser una suicida, oí de boca de alguno de los espíritus superiores que el tiempo era una ilusión, o no sé si dijo ilusión o yo entendí que decía ilusión en mi, aún, demasiado humano intelecto. El tiempo es una ilusión, decía, el problema de los humanos es que creen demasiado en la discontinuidad a la que los obliga su mente, en realidad son siempre todo, o somos siempre todo lo que podemos ser, en algún sentido se parecen a nosotros, no es que vayan envejeciendo o que se les arrugue la piel, no, es que mentalmente cronologizan su historia, pero nada hay por hacer, ya está todo hecho, por eso algunos se reconocen, o por eso los sueños premonitorios, por eso casi no existe la decisión sino una previsualización de lo que ya es. Se elige por perspectiva y esa perspectiva, gran cantidad de veces coincide, al menos en la estructura, en el esqueleto, sin consideraciones estéticas o detalles, con lo que son en conjunto, o si se quiere, para entender la metáfora temporal, con lo que serán. La muerte es entonces otra ilusión, otra apariencia que esconde algo más intranquilizador. La muerte, si nos ponemos livianos, decía el espíritu que era alto y borroso y tenía una voz parecía a la de Barry White pero con reverberaciones que la transformaban en algo completamente distinto y que en vez de ser agradable como la de Barry, daba miedo o hacia pensar en la autoridad, o daban ganas de tirarse al suelo y llorar. De todas maneras, mientras escuchaba, yo lloraba, la pena era inmensa, no tengo idea por qué sentía mis venas sangrando aún o sentía humedad, si ahora era un espíritu. La muerte, entonces -siguió explicando aquel espíritu superior no sin antes echarme una desconsiderada mirada-, es otra apariencia que esconde una formalidad, una señal que nos lleva a decidir, a analizar, a pensar. Nadie puede morir, porque la existencia humana no es sino un recuerdo, una imagen, emocionalidades líquidas que quedan impregnadas en sus neuronas. ¿Cómo decir que es la ausencia o presencia física de alguien lo que determina su existencia o no? No hay ninguna diferencia entre el recuerdo, el pensamiento, la idea y la realidad, son una misma cosa, un líquido acuoso que esconde apariencias, que permite accesos, que permite vibraciones más detenidas en la emocionalidad. Algunas veces creo que la eternidad tiene su lado negativo, los humanos vibran y lloran, nosotros estamos semi-condenados a andar y entender que cuando hay tristeza o alegría o adoración o alabanza no es más que un suave movimiento en el aire que no afecta en nada la infinitud dimensional de lo eterno, de Dios, a quien yo nunca he visto, por lo que se podría decir que no existe o no está o no es, quien sabe. He llegado a pensar que somos un sueño de Dios, o peor aún, somos el inconsciente de Dios y la consciencia de Dios se preocupa de otros mundos en donde la felicidad y la justicia y la clarividencia y la sabiduría cohabitan sin molestarse en la honda y larga presencia del amor. 



    Cuando llegué a la tierra habían pasado algunos meses desde mi funeral, en el que no se me permitió estar, aunque mientras bajaba o mientras veía, olvidé que esas eran las tradiciones de los vivos para despedir a los muertos. Converse con muchas personas o espíritus. Conversaciones que recordaré en algún otro momento.

    Aterrice o aparecí o desembarqué, no sé de qué manera es mejor decirlo, en el mismo lugar donde me quité la vida. Tuve escalofríos y recordé la carta que escribí, sentí un poco de vergüenza y también un poco de añoranza por la vida y por las emociones. He llegado a creer que lo único que sienten o entienden a cabalidad los espíritus condenados como yo es la tristeza, una tristeza que se confunde con la paz y con la tranquilidad, no me dan accesos de lágrimas con esta tristeza, como hubiera sido antes, y todo lo demás, la alegría o la sonrisas parecen juegos, meros juegos que no trascienden, o quizás es la parte difícil de mi condena: hacer lo correcto, pese a que la continuidad de la tristeza tranquila (como si la tristeza misma supiera que puede permanecer eternamente y no se apresure a infringir o a dañar o a pulsar algo de mí) y la soledad semi-absoluta de vez en cuando uno se encuentra con otros fantasmas que andan en las mismas) nos empuja hacia el odio a todo lo vivo que no es más que una proyección de todo lo que odiamos de nosotros. Tenemos eso sí, acceso libre a todos los estados de nuestra mente. Me vi entonces enamorándome de Alberto, niña juguetona y cándida entregada a cualquier promisoria ilusión. Vi que Alberto trató, sin mediar palabras, de hacerme entender su real disposición conmigo y no entendí como es que yo insistí en mi ceguedad, recordé a Julio Medina y anhele saber quién era. Entonces, comencé a buscarlo.

Mientras recorría las calles de la ciudad traté de recordar lo que escribí en las tres cartas de despedida que dejé. No fue necesario mucho esfuerzo, ya he dicho que las almas en pena como yo tienen acceso ilimitado a todos los recovecos de nuestra mente y de nuestra alma, acaso nuestro infierno, acaso nuestro cielo o el cielo de los otros, aquellos que mueren de forma natural, aquellos que mueren en alguna estúpida paz consigomismos. Y pese a mi intención primera, la opresión que sentía cuando accedía tan libremente a todos los recuerdos de mi vida no me permitió seguir, creo que necesitaba un poco más de práctica. Tenía miedo, aún tenía pavor de las nuevas y horrorosas posibilidades que se abrían ante mí y que además se expandían cada vez más, como algo que parece un túnel que se va iluminando de a poco, pero mientras más crece la luminosidad, se entiende que se esta no en un túnel sino que en un ancho y abismante mundo oscuro desde el cual se huelen básicamente dos cosas, miedo y dolor. Luego entendí que no todos los espíritus en pena conciben el planeta de los vivos de la misma manera y no todos vienen a la tierra como castigo, o como oportunidad, sino que incluso algunos lo hacen voluntariamente.

Tenía clavado, no se muy bien donde, el nombre de Julio Medina. Sin embargo, y consciente de que me produciría más dolor que alegría decidí hacer algunas visitas. Así que pensé en mi madre y aparecí en algún lugar desconocido para mí, pero desde donde el aroma de mi madre asomó de inmediato despejando las dudas. Tenía algo de rabia su aroma, tenía algo de derrota, porciones de su ser que no alcanzaban ni siquiera la punta del tamaño de su amargura. Supuse que María Inés le alquilo ese departamentito para no tener que encontrarse una y otra vez con mi recuerdo, y también imaginé la larga discusión tuvieron para que mi hermana convenciera a mi madre. Quise creer que no accedió tan rápidamente, que la discusión se prolongo unas dos semanas, y que solo acabó cuando la derrota de mi madre, que ya no se levantaba, ni comía, fue tan evidente, que ni su voluntad de hierro sirvió contra la insistencia de María Inés. Dejó la casa donde vivíamos, dejó mis recuerdos tirados.

Y allí estaba viendo algún extraño programa de televisión que por causas extrañas yo veía borroso, sé que mi madre no, porque seguía atenta las sinuosidades que ocurrían en esa cajita negra. Me quedé allí, mirándola, y susurre algunas palabras, creo que fueron disculpas, en realidad, fueron disculpas, arrepentimiento, sentimiento que fue creciendo como una bola imparable alimentada de toda la suciedad que nos rodeaba, quise gritar, pero no tenía sentido, creo que mi madre algo percibió. Y pronunció mi nombre, yo me asuste, me asuste demasiado, ella giraba su cabeza como buscando algo, y en algún momento nuestras miradas se cruzaron, aunque ella no lo supo. Decidí no intranquilizar más a mi madre, ya bastante había tenido con mi muerte. Fui a otro lugar.

O creo que salí atravesando puertas cerradas, aún no me acostumbraba a la risible posibilidad de atravesar paredes. Aquella posibilidad me hacía pensar en pegajoso de los Cazafantasmas, imaginé que si hacía de mi presencia algo demasiado evidente no tardarían en pulular por la existencia de mis seres queridos médiums, charlatanes, brujos, parapsicólogos, ¡incluso los mismísimos Cazafantasmas! imaginé que encontraba un compañero como ese fantasmita gracioso e informe que parecía como el espíritu de un moco que murió en la nariz de un gigante egoísta, temeroso y bobalicón, lo cierto es que jamás se explicó en esa serie animada cual era el origen de Pegajoso. La sola y estúpida esperanza de encontrar para mí un pegajoso que me acompañara me llenó de algo que muy de lejos podría llamarse alegría. No me veía en los espejos por lo que no sabía si cuando sentía risa se dibujaba o no algo parecido a ella en mi cara. No sé si sonreí, pero la idea del moco fantasmal me tranquilizó.

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