miércoles, 1 de abril de 2009

Manza, Negros y Rebecas (parte primera)



Hubo todo un revuelo antes de que el Lalo intentara golpearme. Dejando fuera, por supuesto, el hecho de ser el ex novio de la niña de la que él estaba enamorado; haberle caido como patada en el estomago por considerarme un demasiado simpático peligro; y caer de pura -y para él, falsa- casualidad en el hogar en el que dormía junto a otros tres hombres y cuatro mujeres, estudiantes como él; y Ñora Luisa y su hija que tenía (no sé si aún los tiene, la pobreza hace estragos casi siempre) dos pequeños y hemosos niños que respondían a los nombres de Trinidad y Magisterio. La casa, sin embargo, era grande y si se tenía respeto por los demás, el delicado equilibrio podía mantenerse. Muy claramente, los cuchicheos y las miradas me confirmaron lo que, como diría el Chapulín Colorado, sospeché desde un principio: yo era una persona non grata. ¡No contaban con mi astucia!

Desperté desesperado. En realidad, despertar es algo que poco tiene que ver con los hechos, con la forma en que percibí esos hechos, con las certezas que los rodean, con las ficciones y supesticiones que los envuelven como un puño directo en mi cara, como el puño que el Lalo trato de conectarme fuerte y arteramente en la mejilla izquierda esa noche. Lalo Loco, iracundo como él solo... más conmigo, tenía sus razones el flaco. Flaco, pobre y negro e inteligentísimo que veia en mi todo en lo que él no quería convertirse, aunque su primera impresión fue lo bastante equivocada como para no tener miedo a decir que ahora somos muy amigos. Negro Loco.
Los hechos sucedieron así:

No recuerdo muy bien por qué razón yo andaba en el automovil de la Manza, en el automóvil de su madre más bien.
Con la Manza no teníamos nada en común, pero, superadas las leves heridas de nuestra separación, que había sido hace mucho, podíamos llevarnos bien y hasta conversar de temas interesantes, sobre todo porque a mi siempre me intrigó, y aún me intriga, su exquisita simpleza para vivir la vida. Todo lo contrario a mi paranoía, a mis ganas de hacer algo realmente importante, es decir, a mi inmensa vanidad que me alejaba constantemente de los seres normales. Digamos, de aquellos que ven en la responsabilidad y el estudio universitario solo una forma de procurarse una vida cómoda, una casa grande con piscina y amplias posibilidades para viajar por el mundo. Yo, en cambió, despreciaba el dinero y quería la revolución. Eso que Vargas Llosa y seguramente otro antes que él, llama pureza. Aunque ya, a esas alturas, yo no era muy puro y la belleza de la Manza me tentaba lo suficiente como para intentar arriesgadas jugadas. La verdad es que la Manza en un sorpresivo arranque de bondad quiso llevarme al lugar donde estaba viviendo y aprovechó la instancia para hacer lo mismo con su madre. Aunque la tía entendió todo mal y creyó que nos acercábamos de nuevo y cuando me vió me abrazó y me susurro unas palabras al oído que, para no complicar demasiado las cosas, no diré aquí.
El Negro Loco aún no se gana la buena mirada de su suegra. Laloco. A mi, de todas maneras, aún me quedaban ganas de hacerle el amor a la Manza.

Cuando llegamos lo primero que vimos antes de bajarnos fue a la niña Trinidad jugando en el jardín con su cachoro, un Golden Retriver que solo a veces respondía al nombre de Árbol, un extraño nombre para un perro, aunque no tanto cuando se llega a saber que quien bautizo a Árbol fue nada más y nada menos que Trinidad junto a la callada e ingenua complicidad de su pequeño hermano Magisterio. De lejos se le notaba a Trinidad que le gustaban los árboles. Su carita redonda y morena; su pelo lacio y hermoso no podían decir lo contrario y me enternecieron tanto que no me contuve y le dije que agarrara a su perrito, con quien jugaba a una graciosa variación de las pilladas, para sacarle una fotografía. Ella me miró como sin entender nada, miró a su madre que asintió desde la puerta y tomo a su perrito que de inmediato comenzó a lamerle la cara; ella sonrió como esquivando sus lamidos pero mirando fijamente el lente en el que quedó impregnada toda la felicidad y la inocencia de sus atentos y amables ojos oscuros. Una de las fotos que más me agrada haber sacado en mi vida. Este acto, inocente e impulsivo, bastó para ganarme la simpatía de Irene, la madre de Trinidad y Magisterio.

La Madre de la Manza quiso entrar, pero no pudo, la llamaron por una urgencia que no vale la pena detallar aquí. Quedó de venir a recogerme a tal hora, pero nunca llegó. Yo quise entrar y vivir un momento con los personajes de la casa. Me quedé allí porque la conversación fue entretenida y la hora en esta condenada ciudad pasa demasiado rápido para hacer las cosas que en realidad importan y dan felicidad.
Entonces comenzaron los primeros roses con el Negro. La Manza y yo no cesábamos de coquetearnos, en parte por mis intenciones y en parte porque ella tenia en mente sacarle celos al Negro que orgulloso, torpe y tímido aun no se decidia a arriesgar el pellejo por ella. El Negro me miraba iracundo, me hacia preguntas que podían hacer tambalear a cualquiera pero que yo, experimentado en discusiones complicadas, me quitaba de encima con hermosísimas volteretas en el aire.
 
Creo que fue Rojas quien comenzo a hablar de la pieza que en la que ocurrían cosas extrañas. Por descontado, todos sabían que el Chico Rojas, casi siempre exageraba y aunque sus exageraciones eran divertidas y contenian algo de literatura y hasta algo de poesía su logorrea constante a veces cansaba y le restaba todo lo que un chico divertido como él podía tener de serio. Fuí el primero que levantó la voz para dudar de lo que decía Rojas, pero el Negro Lalo me interrumpió en seguida, pues no estaba dispuesto a que yo, que tambien puedo hablar rápidamente y sin piedad, me luciera frente a las chicas y sobre todo frente a la Manza. Pobre Negro loco, aún es patente su defectuosa interpretación de las acciones de los demás; por eso mismo aún no sabía que la Manza solo jugaba conmigo y que estaba loca por él.
 
La discusión se volvió repentinamente acalorada, las mujeres comenzarón a contarnos las cosas extrañas y apartentemente sin explicación que les habían ocurrido a ellas. Hasta la Manza, no muy interesada en estos temas, nos contó que ella, alguna vez, haciendo un trabajo para el colegio, grabó un fantasma con unos amigos, se veía clarito y todos quedamos impresionados y asustados, dijo. ¿Que paso con el video? ¿Porque no lo suben a internet?, preguntó Jorge entre consternado e incredulo. La verdad, respondió la Manza, es que no tengo idea.

La cosa era que según el chico Rojas, y en estó lo apoyaba completamente Rebeca, que era una  menuda y hermosa chiquilla extremadamente sensible y soñadora -explosiva combinación para ser una potencial suicida-, y con una voz tibiecita como un almohada, habia visto en la pieza unos espiritus o cosas transparentes, alguna vez se le habia cerrado la puerta sola y a Rebeca le habian tocado el hombro y todo aquel que dormía en esa pieza sufria horribles pesadillas o sentia un peso insoportable que pronto se transformaba en miedo y que luego en la certeza de que alguien o algo lo observaba.
Seguimos la conversación. La polémica crecia y se hinchaba como un globo a punto de explotar. El Negro, escéptico como pocos negros, trataba al chico Rojas de charlatán y le recordaba todas las veces que mintió descarademente, que había saludado y conversado distendidamente con tal o cual mujer, que la misma le había aceptado una cita y que él, aburrido de su hermosura y de su levedad, la había dejado plantada. ¡Mentira Chico Charlatán! nunca jamás te pescaría una mina así. Y más encima te aprovechas de la inocencia de Rebeca que te cree todo, seguro que tu fuiste el que le cerró la puerta y le tocaste el hombro, para inventar toda esta mentira. El Negro se había salido de sus cabales, lo que, en algún sentido, era un punto a favor mio, porque a la Manza no le gusta que los hombres se salgan de sus cabales, aunque, a decir, verdad ella lo seguía mirando como con admiración. Y el chico se defendía y le decia, pero a ver, duerme en la pieza, a ver si te atreves, a ver si eres tan valiente, Negro cobarde. En esas, tonto de mí, quise hacerme el valiente -aunque también fue para inventar una excusa para dormir en esa casa- y les dije que yo me atrevía a dormir esa noche en la pieza, para corroborar las mentiras de Rojas que levantaba sus manitas y su vocecita desesperado por que le creyeran. Casi alcanzaba la verdad con esos movimientos.

La once está servida nos grito la Ñora Luisa, y todos, que ya estabamos hambrientos, nos levantamos, algunos del suelo, otros de los sillones, el negro estaba parado hace rato por culpa de la tensión provocada por la discusión con el Chico Rojas potenciada con su sanguinoliento caracter. Nos habiamos sentado todos a la mesa, el aroma de las hojas del te hirbiendo en agua caliente en esa teterita chica de metal inclinaba la realidad o más bien la evaporaba, la hacia gaseosa y el pan, la marraqueta caprichosa y crujiente se partia e iban y venian las manos, pasame la mantequilla, pásame el jamón, la mermelada. Noña Luisa nos miraba a todos como si fueramos sus hijos, mientras Irene se encargaba de enseñar a comer correctamente a Trinidad que siempre sonreia y veia los esfuerzos de su madre como un juego divertido sin alguna quinta pata que buscarle y Magisterio bebia su papa, su biberon recostado en un sofá desde el cual se veia la televisión en la que pasaban unos dibujos animados sobre una esponja que vive debajo del mar. La Señora nos preguntó de que discutiamos tan caotícamente y alguíen, creo que Jorge y Paula fueron quienes se esforzaron por explicarle a la Señora que era lo que discutiamos, mientras el Negro miraba con sorna al Chico Rojas que le devolvía una mirada desafiante y la Manzana miraba como el negro miraba al Chico Rojas y yo miraba como la Manzana miraba esa escena que tenia todo de David y Goliat aunque esta vez más honorable era Goliat, el Negro Goliat. Una que otra vez el Negro miraba a la Manzana y yo adiviniba un leve aceleramiento en el corazón, unas escondidas ganas de estar a solas y de abrazarla, de decirle todo lo hermosa que la encontraba y que aunque a el le repugnaba en algun sentido la falta de verdad de alguna de las maneras de la gente como ella, es decir, gente educada, gente delicada, las de ella le parecian hermosas y esa belleza era la que el queria tener para si, la belleza y la tranquilidad de su delicadeza era lo que el anhelaba para si, para su alma ahogada en el estiercol de la pobreza , su alma intranquilizada por los abismos de la filosfía y el estudio y compelida a actuar por los apuros del dinero, por las necesidades más básicas, comer, movilizarse, vivir, comprarse ropa, jabón y útiles. ¿Como había conseguido sobrervirir con tan poco dinero el Negro Goliat, siendo que la carrera de arquitectura era una de las que más dinero demandaba? por todo, la compra de materiales, las destrucciones de las maquetas mal hechas por profesores que han perdido toda sensibilidad artistica y hablan de la poesia de la arquitectura como si hablaran de Dios, algo que no existe, algo que no interfiere en nada en nuestra modernidad. Con alumnos deficientes que dejan la teoría de la belleza a cargo de otros a quienes pagan con dinero, con ceveza, o en carne, para que les hagan esos trabajos que no los ayudarán a ser mejores arquitectos.

Una vez terminada la explicación que era, para mi gusto, un poco exagerada, hecha por Paula y Jorge, mi taza de té se encontraba justo en ese punto en que no sabemos si esta media llena o medio vacia y emergía de ella un vaho que alcanzaba a calentar mi rostro que la miraba fijamente, mientras muy de lejos, fuera de los limities de mi concentración o de los limites de mis oidos empeñados en escuchar el sonido del vapor y de mis ojos constreñidos a vigilar los movimientos de ese líquido transparente que los chilenos tomamos como si el mundo se fuera acabar y sobre todo en invierno, cinco o seis tazas en la hora de la once, comenzaba a levantar una pesada sombra de horror, unos susurros que advierten que hay cosas que son imposibles de definir como ciertas o falsas, que son tan ambiguas, tan equivocas que adentrarnos en su certeza significa, al mismo tiempo, adentrarse en la locura, adentrarse en la infintud de los aromas, las emociones, los sentimientos, y los pensamientos que nerviosos y asustados intuyen que a veces la valentía es menos trascendente que el miedo, o que las consideraciones o que el sigilo.
No sé en que momento el ambiente comenzo a opacarse, ese momento en que todo enamorado, toda persona que está inmersa en la locura primitiva del amor, del mirarse, de ojos que se escrudiñan y descubren en la oscuridad, ese momento en que todo buen e insensato amante, sin saber cómo, aprovecha para acercarse a su paraiso; afuera el mundo se oscurece, las cañerias comienzan a expeler agua utilizadad y reutilizada, agua fétida por las que se adivinan no solo todas las actividades del mundo, sino que tambien su futuro. Entonces, el negro, obediente a sus raicés negras e inconscientemente conectado, quien sabe si genetica o metafisicamente, con sus antepasados guerreros, desapareció sin dejar rastro alguno, sin que hubiera sido posible adivinar algun leve rastro de su sombra y también, con el, desapareció la Manzana. Mi corazón sufrió una perdida, pero en el fondo estaba feliz (las buenas conversaciones siempre me ponen feliz), una felicidad  que pronto menguaria una vez escuchadas las palabras de la señora Luisa y algunas misteriosas e incoherentes palabras de Trinidad y Magisterio que nos trasaladaron a todos -quizas no al Negro, quizas no a la Manza- un poco más cerca del horror.

Sin embargo mi cabeza se meneo en busca de los desaparecidos, mis oidos, que siempre han sido muy buenos y obedientes oidos, buscaron algun sonido que me revelara la posición de los fugitivos, crei escuchar pasos subiendo una escalera, crei ver sombras temblando como si la risa fuera algo parecido al miedo, creí escuchar murmullos felices que huelen a alivio y ojos que dicen "al fin", cejas levantándose de su asiento para emerger señalándonos la epifania que se siente en el alma con el primer beso que pugna con un gran suspiro que quiere salir pero con verguenza ¿Tanto te gusto? no se porque me gustas tanto. Antes, eso si, el negro le pidió disculpas a la Manza, perdona por traerte asi, pero en realidad no pude resistir el impulso, no pude resistir la inmensa presión, la certeza de que este era el momento, Manza, no se siquiera qué tengo que decirte, y la Manza lo mira expectante, con los ojos brillantes, esos ojitos como de luna escondiendose en el horizonte, y el miraba esos pomulos como barrancos curvos de algún extraño planeta donde la física, el estudio de la física, no se diferencia mucho de la poesía, y esas cejas que apenas se movian conforme se marchitaban las emociones de la Manza, para que naciera otra emoción mucho más fuerte. Y ella veia el negro color del Negro, y veia el hermoso reflejo de la realidad en su piel oscura y brillante, y veia sus labios carnosos y sus facciones tan de hombre y sus ojitos tan de niño, sus ojitos además con tanta violencia contenida, con tanta rabia hecha pedazos en un precipìcio, con tanto amor por entregar, con tanto amor por entregarle a ella, otra persona, muy distinta de el, pero dispuesta a todo por que sus pieles de colores distintos se fundieran sin barreras, sin que las entelequias interfirieran en lo que los humanos han hecho mejor desde que son humanos, desde que saben que son humanos, jugar a fundirse con el universo, mientras desde la tierra suben las oraciones en forma de gemido y de dolor expandiendose por cada célula del cuerpo. Un temblor que a veces corta los invisibles hilos que unen el alma con el cuerpo y nos deja desnudos y a la deriva sobre un mar azul que nos calienta en el invierno.















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