miércoles, 6 de mayo de 2009

Julio Medina. Capítulo II. (Novela)

    "Así como un árbol tropical no soporta el clima frío, un árbol nórdico tampoco sobrevive, de ordinario, en los trópicos: transplantado a esta zona crecería y daría flor durante la primera estación, pero, después, libre de las variaciones que implican las alteraciones de frío y calor, entraría en un letargo del que no despertaría". Esto era lo que leía cuando sonó el teléfono. Era la hermana de Rebeca. Me dijo "Rebeca ha acabado con su vida, dejó una carta para usted". O, quizás, fue un poco menos formal "Rebeca se ha suicidado, ha dejado algo para ti". No lo recuerdo con claridad. Mientras escuchaba a la hermana de Rebeca en el teléfono marqué con un lápiz ese párrafo relativo a los árboles sin tener un motivo muy claro, aunque vislumbrando algo, creyendo que todas las cosas en algún momento se funden con todas las cosas (esa obsesión borgeana). Quizás, ese momento es el de la muerte. Y, precisamente, Rebeca había caído en un "letargo del que no despertaría".
    Mi alma opuso cierta resistencia a la veracidad de la noticia. O mi inhumanización progresiva retrocedió bastante cuando supe que Rebeca había muerto. De todas maneras, fue como una presión cada vez mayor que logró que me temblaran las piernas, pero no que saliera alguna lágrima de mis ojos. Soy un egoísta de mierda, pensé. Me cuesta llorar. Las veces que he llorado solo ha sido por mí, por conmiseración o desesperación o solitaria tristeza, pero, casi nunca por alguien.
    Dudé unos momentos en cuando iría a buscar la carta, mientras en el teléfono la hermana de Rebeca, que nunca pronunció su nombre, ni a mí se me ocurrió preguntárselo, me decía en qué fecha tenía ella previsto que serian los funerales. ¿Qué importancia tendría ahora la vaguedad de un nombre frente a la aplastante realidad de la muerte? Sobre todo un nombre que no se vinculaba con ninguna imagen o recuerdo, excepto la delgada línea del amor no correspondido que me unía a Rebeca que debería alcanzar mínimamente a su hermana. Claro que esa delgada línea comenzaría a crecer hasta desbordar sus propios límites una vez que leyera lo que me había dejado. Las razones de su suicidio. El nombre de Julio Medina.
    Seguía dudando ¿Debería ir enseguida movido más que por un sentimiento de solidaridad con el dolor, por curiosidad y morbo o debería esperar el momento en que la noticia del suicidio, calibrada y analizada con un racionalismo espantoso que lindaba con la rabia fuera aceptada en mí como un dato más, como un cadáver más en la fosa común de las miserables existencias humanas?
    Vestía unos Jeans y una polera añeja y delgada que me permitía capear de mejor manera el calor. No sé por qué recuerdo todo esto. No sé por qué mi cerebro se empeña en recordar detalles mínimos e inútiles. En caso de ir ahora ¿Debería vestirme más acorde a la ocasión, más acorde a la muerte? ¿Cuántas veces he pronunciado o escrito la palabra muerte a lo largo de mi vida? ¿Rebeca era semejante a un árbol tropical o un árbol nórdico? Seguramente tropical, mi implacable frialdad acabó con todo el fundamento de su ser. La necesidad apremiante de sentir roces de piel, de escuchar palabras cariñosas, de ella misma expresar irreflexivamente el amor que brotaba incesante de su corazón no encontró en mi la reciprocidad anhelada, más bien, se diluyo frente a la nada como un vaso de agua que cae en una duna en el desierto, más o menos lo que pasa con todo.

    Fui a mi cuarto con la esperanza de encontrar algo un poco más decente para vestir. Evidentemente la esperanza era completamente infundada. Me dirigí allí con las manos pegadas al cuerpo, los pies arrastrando y las cejas levemente levantadas como símbolo de la displicente desdicha que me abrumaba por saber que no encontraría en el ropero algo lo suficientemente adecuado. En la misma posición en la que caminaba, pero esta vez con los pies juntos uno al lado del otro, noté con espanto que era esa la forma más común en la que yacen los cadáveres en los ataúdes, noté, y cuando noté esto un escalofrío recorrió mi cuello y mis hombros y algo de mis manos, que esa era la posición en la que estaría Rebeca en el ataúd que pronto vería. Tenía estos pensamientos en el marco de la puerta de mi cuarto mirando y no mirando nada al mismo tiempo. Mirando, pero las imágenes que emergían de esa observación no se correspondían completamente con la realidad, más bien, aparecían veladas por imágenes de muertos y de corbatas y de funerarias y de maquillajes y de ojos secos sin vida, de pudrición, de gusanos, de colapso interno y explosiones sangrantes de ojos y de orejas y uñas y cartílagos y cabello reseco. Imágenes o pensamientos que me entregaron la certeza de que en ese cuarto no encontraría nada mejor que ponerme que lo que ya tenía puesto: Mis jeans y mi polera añeja.
   
    Muy bien, decidí, entonces, caminar hacia la casa de Rebeca ¿o debería decir la ex-casa de Rebeca? Decidí ir en búsqueda de la carta que escribió para mí antes de suicidarse, que solo era mía porque ella se había quitado la vida. Si no lo hubiese logrado seguro que no podría leer lo que leería ahora. En suma, era su carta antes de acabar con su vida y ahora, que está muerta, es mi carta. Mi herencia, lo que ella dejaba para mi tras su muerte. Una manera de permanecer, una patética manera de permanecer. Quizás, una poética forma de permanecer.
    La casa de Rebeca no estaba a una distancia considerable de la mía. Llegaría en quince minutos si caminaba con tranquilidad y sin distraerme en nimiedades. Pero demoré treinta. Caminé lentísimo, esa lentitud que antecede la sorpresiva aparición de algo que no esperamos, pero que sabemos aparecerá en cualquier momento, y que ese momento está más cercano al ahora que al después. Una lentitud que no se relaciona con la tranquilidad, sino más bien con el miedo, con la incertidumbre, la angustia. Una lentitud cobarde, expresión concreta de uno de mis más portentosos defectos: la incapacidad de enfrentarme al tiempo de la vida, a los sucesos inevitables que conforman la vida, las edades, los finales, las muertes, los plazos.          

  Reseñaba mentalmente las cosas que ocurrían a mí al rededor mientras caminaba. Me detenía a observar con un interés desmedidamente fingido cosas de lo más peregrinas. La diferencia particular entre el color de esta casa y aquella. La primera casa era opaca y a mi parecer contenía personas que eran más deprimentes que serias. Eran distantes, ácidos y lúgubres no tanto por la imagen positiva que la actitud "seriedad" provoca, ni por la disciplina y rigor laboral que la misma supone en las personas que la practican, como por la insolente conjunción de desgracias que les impedía sonreír. Sin embargo, como en todo, esas no eran razones suficientes. La segunda casa, de colores más vivos, contenía a seres más alegres aunque, como es suponible, el nivel insolente de la conjunción de sus desgracias era tanto mayor o igual que el de la primera. La forma de esa alegría estaba deformada por la desgracia conjunta o individual de los integrantes de la familia de la segunda casa, es decir, lo que podría ser paz, era en realidad un conformismo extremo fundado en la ignorancia y resguardado en la idiotez. Algo contrario y parecido a lo de la primera casa, una ambición extrema que se ve a sí misma, o al sujeto que la posee, como algo menos que las cosas que se pueden poseer. Una ambición tan potente que inhibe lo humano y todo lo transforma en cosa, las relaciones se fundan en interés, en intercambios, en esquematizaciones para eficientar el proceso de comunicación: decir más en menos palabras, ocupar los términos precisos para ser cabalmente entendido. Los otros, en cambio, los de la segunda casa, si quiera se preocupaban por ser comprendidos, menos se comprendían a sí mismos. Se limitaban a hablar de sí, pero con un acotadísimo abanico de emociones, o, más bien, los conceptos de esas emociones a los que recurrir al momento de hablar. Te quiero, te odio, risa, llanto. Sin embargo las expresiones espirituales más profundas eran rápidamente evacuadas por la burla, pues acceder a ellas implicaría renunciar a la ignorancia, adentrarse en sí mismos y quedarse pasmados mirando el horizonte que ve en nosotros mismos la miseria de la que estamos hechos. Ambas casas se eludían a sí mismas. Yo, por mi parte, no me eludía nada y eso me mantenía siempre en un doloroso estado de consciencia. Lo que, por supuesto, no era para nada conveniente.

    Cuando me encontré próximo a la casa de Rebeca lo primero que vi fue un tumulto de gente, no era mucha, pero el tono de sus ropas y quizás la pesadumbre de los espíritus, sea por la desesperada tristeza que no comprendía cabalmente la ausencia eterna e inesperada de un ser que en alguna manera amaban, o porque la cercanía de la muerte imprevisible, inalterable, irrefrenable los sumía en reflexiones que iban y venían desde un recuento de sus propios fiambres hasta la posibilidad, que siempre se piensa incierta, de una muerte tan horrorosa como el suicidio, los transformaba en algo que difuminaba la forma del individuo y los convertía en una bestia que camina y piensa en la muerte, que llora y compadece, que asume posiciones de empatía falsas y ciertas. De todas maneras una bestia de color negro verdoso, húmeda en algunas partes y reseca en otras, una bestia que no entiende que lo que hace es adorar la muerte, que vive para ella, que juega con ella a escaparse y a acercarse. Lo más lamentable sin embargo, no era la bestia en sí, sino que en unos segundos más me convertiría en ella, inevitablemente entraría en la anómala y gigante bestia que rodea a la muerte y más lamentable aún es que sin quererlo, sin siquiera buscarlo seria alguna parte de la cabeza, quizás la nariz que olfateaba cadáveres y hacia llorar a los ojos, o los oídos que se encargan de escuchar los lamentos y de recibir con hastío o con comprensión las diversas formas del pésame, o la boca que gritaba y gemía y a la vez murmuraba, esta vez sobre todo, palabras como locura, depresión, amor no correspondido, madre, padre, hermana, venas cortadas, cartas misteriosas, alcohol, drogas, pobreza, Dios, salvación, e infierno, esta última la que más veces se repetía y la que mayores temblores provocaba . Tal vez, sería solo una parte pequeña de la cabeza de la bestia, un espacio de la frente, el mentón, o las pestañas. No importaba en realidad cual lugar ocupara, de todas formas estaría al frente fingiendo importancia y recibiendo el pésame de los distraídos y las miradas furibundas de las señoras que de oídas habrían conocido una versión deformada de la historia real. En el fondo, estaba impresionado de la velocidad con la que corren las malas noticias.



       La pequeña multitud que se aglomeraba fuera de la casa de Rebeca era una previsible mezcla entre vecinos alertados por los gritos emitidos de quien encontró el cuerpo, algunos policías que entrevistaban a alguien a quien yo quise reconocer como la amiga de la familia, simples mirones que esperaban la salida del cuerpo (la ambulancia ya se encontraba fuera de la casa) y diligentes familiares que momentos después de conocer la desagradable noticia se dirigieron rápidamente hacia el hogar en el que la desgracia se había situado.



    Algo detiene el tiempo. Una especie de nauseas irrestibles me atacan. Mis ojos lagrimean como si tuviera pena o algo. Lagrimean sin que yo pueda detenerlos, sin que mi voluntad baste para detenerlos. Los ojos comienzan a cerrarse. La nauseas siguen y son cada vez más fuertes. La bestia negra y húmeda se vuelve borrosa, engañosa. La paranoia me aborda y me desmayo, lo último que alcanzo a ver es a un hombre antiguo que me mira con una viveza apremiante, como si me conociera. Sus ojos me atraviesan y la desnudez de mi miserable alma se hace evidente para mí y para él. Cierro los ojos. Caigo. La gente me ve caer. Unos se distraen y se acercan. Me rodean. Vomito y me revuelco en mi propio vomito. Me estoy ahogando o qué. Me estoy muriendo o qué. En la caída golpeé mi cabeza. Helado y caliente. El golpe retumba en mi cráneo y traspasa los nervios que imaginamos como pequeños haces de luz eléctricos e informes, largos y  pulsares. Mis dientes se duelen. Los aprieto. Comienzo a rebotar. A moverme en el suelo como si alguien me mantuviera preso, como si quisiera librarme de algo. No lo logro. Alguien pone algo en mi boca. No vuelvo. Adiós. No vuelvo hasta un buen tiempo.



    Ahora. Es "ahora", lo sé y lo siento. Una tersa muñeca de hermosos pies y ojos verde azulosos me acompaña. Nos vimos antes de subir. Nuestros ojos se conectaron antes de estar donde estamos. Miro en torno. Vidrio a mi izquierda, sillas en pares hacia adelante conforman dos hileras separadas por un pasillo en donde caben dos personas de perfil, mirando hacia las ventanas, incluso tres.

    Cuando entré elegí el asiento final junto a la ventana mas alejada de la molesta luz solar que invade la ciudad en primavera cuando es el pleno ocaso occidental, no puedo en otro lugar, si no me ahogo. La conexión es inevitable, la intuición de conexión siempre es cierta. Ella subió antes de lo previsto, la fila era larga y ella justo llegaba a la fila, mientras yo subía. Cuando subió aún quedaban asientos. Muchos y en los lugares cómodos. Sin embargo ella escogió el lindante a mi o a mi asiento. Sentí pena. Mientras llegaba yo sacaba un poema que había escrito hacia unas horas atrás, en la madrugada. Sentí pena porque supe de inmediato que no me atrevería a besarla. Sin embargo podemos mentir o decir la verdad.



    Venía algo cansada.  Un poco desesperada. Tenía leves esperanzas primaverales de que existieran ciertos tipos de magia. Sin embargo, mi cerebro científico se enfrenaba continuamente a mi cerebro emocional. Quizás todas las que tenemos la fortuna de tener el cabello rojizo vivimos en esta lucha constante. Se presupone de nosotras que sabemos amar. Yo no lo sabía aún y tenía la sensación de que se me acababa el tiempo. Lo vi mientras esperaba entrar, reí hacia dentro por cómo me miró, supe que me deseó, que quiso cogerme de inmediato, casi leí en sus ojos lo que susurró levantando las cejas "que bella, que hermosa" y seguro de inmediato me olvidó, pensó que no lo seguiría, creyó que no lo había notado. Tenía algo en las manos. Yo también, un libro sobre alimentos y sistemas digestivos; estómagos y procesos biológicos básicos invadían mi mundo que anhelaba un shock, algo que me sacara del sopor, de la previsibilidad de la vida. Quise creer que era él. Entonces, sin saber cómo, entré rápidamente: los misteriosos poderes de las pelirrojas. La lujuria me invadió, imagine su verga eyaculando en mi boca. Él siquiera se imaginaba que lo deseé también, solo porque su deseo penetró el mío que por la desesperanza se humedecía ante cualquier atractivo callejón sin salida que no me permitiera seguir avanzando hacia la nada a la que me dirigía si es que no venia pronto algún violador de vidas, algún terrorista, alguien caótico que me remeciera y con su sola mirada me hiciera pensar en su verga. En su verga penetrando en mi vagina. Me senté a su lado, sentí su sorpresa cuando me vio venir, sentí como sus ojos luchaban entre deseos contradictorios, un acércate a mí y un aléjate de mi, contradictorio el muchacho, me gustó. Entonces la decisión fue ya irrevocable: iría a sentarme a su lado. Me acercaba. Lo miraba, nos mirábamos, no nos mirábamos. El sacó de algún lugar unas hojas, después noté que eran extrañas. Letras desparramadas que al principio  supuse incoherentes, luego entendí su trampa. En la que había caído, en la que nos habíamos hecho caer mutuamente. La desesperanza y el azar, el sopor y la primavera. Le mentí, le dije que mi nombre era Rebeca.



    -¿Te gusta la poesía?- pregunté sin pensarlo mucho cuando terminé de leer, miré a su lado y supuse que los continuos roces de nuestros brazos no eran casuales.

    -No mucho- respondió mirándome entre sorprendida y sonriente-, preferiría que me gustará más, pero no he dedicado tiempo a esas cosas, no tanto por disgusto como por falta de curiosidad. ¿A ti te gusta?

    -No lo sé. Hay días en que la aborrezco con lo más profundo de mi ser-dije, mientras pensaba que no hay mejor mujer que la que sabe conversar y bueno, evidentemente, follar- De todas maneras uno aborrece las cosas que le importan o que significan algo en la vida, la poesía está en mi vida y nunca me preguntó si podía entrar. Si me preguntaran ahora, a mis 21 años, si quiero o no quiero poesía, me inclinaría a pensar que no, que no la dejaría entrar, pero no sé. Es duro vivir poesía, te alejas del mundo y nadie, nadie puede venir a sacarte. La poesía es una especie de mujer con cara de muerte, una sabiduría estancada, eterna e infinita que está en todos lados y uno con ella, tomársela muy en serio es tomarse en serio el mundo, y cuando uno se toma muy en serio el mundo dan como ganas de morirse.

    -Claro- dijo, levantando la cara y mirándome sospechosamente  con una mueca en los labios que dejaba entrever algunos dientes, pequeños y hermosos, que yo no supe si era ironía o complacencia- El típico discurso de los poetas, podría decirse que no sé mucho de poesía, pero sí que sé de poetas, todos saben de poetas, no es necesario que enarboles ese discurso para conquistarme, soy infinitamente más sencilla- dijo casi como susurrando; buscando tímidamente una provocación tan sutil que sus borde filosos se acercaban peligrosamente al erotismo y a la filosofía.

    Supe que la mueca era ironía, sin embargo, también era complacencia. La ironía superficial que se proyecta y además se hunde en las profundidades de la complacencia, una ironía que tenia la forma de un vaso de agua puesto de lado y que el agujero por el que entraba la comprensión de la misma ironía llegaba al fondo donde uno podía reírse y sentir un calor que comenzaba en el estomago y luego, si uno se quedaba lo suficiente, terminaba por extasiar de caricias hasta la última parte de la piel y entonces uno se daba cuenta que las palabras a veces sobran y que los gestos contienen mucho más de lo que nos es dable a imaginar. Los ojos mirándose, calculando espacios, tiempos y contenido, una cabeza que se acerca tímida hacia otra, unos rostros que desean escapar y también desean quedarse, sabiendo que lo que hacen no es correcto y que el día en que la vacuidad lo invada todo se lamentarán de haber hecho de sus almas, solo por la ambición de los ojos, recipientes de palabras envolventes sin fundamento: Amaranta Úrsula y Aureliano.



    Cuando dije lo de la conquista se rió. Y me dio lo que estaba leyendo, me dijo que era de un autor desconocido que había encontrado hurgando por ahí. Incluso inventó una historia, después cuando nos encontramos de nuevo, unas horas más tarde, acostado y jadeante a mi lado comenzó a hablar.

    -En la biblioteca, no sé por qué estaba allí. Estaba entre abrumado y aburrido. La señora con gafas que siempre mira como con sospecha, pero una sospecha aburrida de sí misma, por su estabilidad inalterable. Quería encontrar algunos recortes, pero me puse a bailar arriba de una mesa, después me colgué de una lámpara y empecé a balancearme para alcanzar la otra lámpara y así llegar hasta los estantes evitando la sospechosa mirada de la señora con gafas. No sé porque nadie se sorprendió. Raules, Ignacios, Marcelos, Agatas, Isabeles siguieron leyendo sus libros y expeliendo la opacidad de sus ropas cafés. Llegue a los estantes y sin tener razones muy claras fui en búsqueda de algo de Borges. Cuando tuve algo de Borges en mi mano, fui en búsqueda de algo de Chesterton, Gilbert Keith Chesterton. Cuando tuve ambos libros, uno en cada mano, los pesé, los sopese y los mire, preguntándoles cuáles eran sus relaciones, por qué parecían parientes lejanos, los libros me contestaron que no sabían, que no podían contestar nada, que estaban amenazados de desaparición, me dijeron que los libros estaban atemorizados y se escondían del tiempo y del espacio en las bibliotecas, y que ellos pensaban que la señora que mira con sospecha tenía algo que ver con el terrible destino que les estaba deparado. Y así, mientras movían sus tapas y contratapas para pronunciar sus palabras y me miraban con sus ojitos asustados pero que no se parecían a los ojitos de sus autores (de ser así, el libro de Borges seria ciego y no lo era) cayó en el suelo ese escrito que estaba en uno de los dos libros. Y cuando terminaron de hablar los miré, agarré el papel, tome el metro, llegue a la micro y apareciste tu.

    Claramente la marihuana había hecho efecto. Después me besó los pezones con suma delicadeza, me acaricio el cabello y comenzamos a hacerlo de nuevo.

 

    -Por ejemplo, ¿te gustan los dragones?- dijo, seguro que para sorprenderme.

    -No lo sé, nunca he visto uno- me burlé

    -Bueno, los dragones, la historia de los dragones, las clasificaciones de los dragones. A mi no me llamaban mayormente la atención, pero cuando uno lee continuamente estas cosas -levanta el libro que tienen en la mano y me lo muestra con una terrible desazón, el título es "Modelos conceptuales sobre las relaciones entre digestión, respiración y circulación"- a veces y sobre todo las pelirrojas que no evitamos la locura inocente que poseemos, uno se pone a estudiar otras cosas. Comencé a preguntarme si los seres mitológicos (en realidad no sabemos si son o no seres y si son o no mitológicos porque basta con que uno aparezca para que deje de serlo) tenían o no sistema digestivo, y comencé pensar en el estomago de los dragones.

    -Eso no tiene nada de simple. Yo te hablo de poesía y tú me sales con dragones. La inutilidad es extensiva, quizás infinita.

    -Bueno, esa es la situación ¿Cómo te llamas?  

    -Alberto, ¿Tu?

    -Rebeca

    -Borges tiene un libro que se llama el libro de los seres imaginarios, donde le dedica un articulo a los dragones, no recuerdo bien de que se trataba, no sé porque no le puse demasiada atención a esa obra del Jorge ese. Pero igual, te ves muy bien cuando hablas de dragones. De hecho podría decirse que tienes ciertas cosas de dragón.

    -Eso no es necesariamente un halago, poeta. Se que soy bella, pero nunca pensé que alguien me encontraría parecida a un dragón -se rió.

    -Como quieras. Te haces invisible. Tienes cara de niña buena, pero ahora me creo que no eres tan buena como pareces, eso es extremadamente positivo- reí también.

    -Sí, te perseguí, sentí como me miraste. ¿Qué es lo que quieres hacerme?

    -Nada en particular. Aún...

    -Yo quiero una cosa. No hablemos de nuestras normalidades, evitemos hablar de nuestras normalidades. Si estoy aquí es por eso. Estoy hastiada de la normalidad.

    -Ese es un camino ingrato y fugaz. Pero acepto. Somos normalidad, es cierto, pero nada nos impide no serlo, buscamos como locos no ser normalidad, ser excepción, ser especial, pero es imposible, la normalidad siempre está un paso más adelante mirándonos con compasión y abriendo los brazos para que caminemos como bebes hacia sus brazos, lloremos y muramos en paz.

    Cuando bajó pensé que no volvería a verla. De todas maneras para asegurarme de que existían otras posibilidades anoté algunos datos en el poema que le pasé. ¿Lo habrá leído? ¿Que habrá pensado? Nimiedades. Yo seguí mi curso normal.

 

    Desperté un poco confundido, no sabía bien donde estaba, no me acompañaba nadie. Después escuche de boca de una de las enfermeras que me subieron a la ambulancia y me llevaron al hospital más cercano que era este. Horas más tarde ya me sentía bien, quería salir a cualquier precio de allí, pero el médico quiso tenerme en observación, hacerme unos exámenes. Yo estaba bien, no veía para que tanto alboroto. Me dijeron que una mujer me visitó, "llegó casi junto con la ambulancia" me dijo una enfermera morena, obesa y pequeña que respondía al preciso y austero nombre de Rosa. La describió de tal manera que yo pensé que hablaba de Rebeca, medio atontado aún le dije "¿Rebeca?" "No señor, no, Rebeca no se llama, pero dejó esto para usted" extendió su manito regordeta y me la pasó, yo la miré entre extrañado y agradecido y musité un imperceptible y acobardado gracias, justo en ese momento recordé que Rebeca estaba muerta y que me había dejado una carta, la extrañes primitiva se volvió agobiante. Al parecer, Rosa notó algo extraño en mi rostro y preguntó, como para salir del paso "¿La señora es su esposa? era hermosísima". Le respondí que no y le pedí que me dejará solo. Me dijo bueno, iba saliendo cuando dijo "una última cosa", se dio vuelta y camino con determinación hacia mi camilla con una sonrisa moscardona en los labios. Cuando movía un pie para avanzar, sus caderas rechonchas se movían hacia un lado y yo me imaginaba un como TOM que sonaba al ritmo de esos pasos, lo hacía no sin gracia, más bien todo lo contrario, pensé que su esposo había de ser un buen hombre, pero de escasa imaginación -o con mucha para entender el tamaño de su mujer-, que la quería y cuidaba sin saber muy bien para qué lo hacía. Ella por supuesto hacia lo mismo con él, lo mimaba, le preparaba ricos almuerzos y no lo molestaba demasiado cuando llegaba borracho a casa, pues no hacía mucho problema, sino que más bien se sentaba a relatar historias que ella escuchaba una y otra vez con infinita paciencia mientras se tomaban un café. No habían podido tener hijos. Él le decía Hija, ella, Mi Robertito. Quise envidiarla pero no pude. Quizás sentí una envidia tan profunda que era todo, y por lo tanto imposible de distinguir. Quizás la envidia era yo desde hace mucho tiempo y no la reconocía como una emoción que "ocurría" pues, estaba siempre como telón de fondo, en el sustrato último de mi alma, en último aliento de mi espíritu; la envidia. "Debe agradecerle a esa señorita pues se preocupó mucho de usted, lo miraba con una cara que hace tiempo no veía, una especie de sorpresa y decepción"



    Cuando llegó a mi casa tocó el timbre, yo le esperaba con un vestido lila que daba a mis siluetas una irresistibilidad que venía bien al momento, sin embargo, él se resistió bastante a creer lo que estaba pasando, no me entendía, es extraño que los poetas no entiendan estas cosas. ¿Por qué lo llamé? No lo sé, de todas maneras me gustó mucho más después de intercambiar algunas palabras, me excitaba el romanticismo de la infinita posibilidad de nuestros diálogos. El muy desgraciado me contó que apenas llegó busco ese libro de Borges del que me había hablado y me lo entregó diciéndome "un libro que habla sobre dragones para un dragón" y no hizo ni siquiera un amague de sonrisa, yo creo que se quedó mirando el brillo que seguro apareció en mis ojos agradecidos y embobados por la belleza estúpida de su gesto, no lo pude evitar, sentí que estaba calculándome, que me media con su mirada, que intentaba situarse en el lugar exacto en el que aparecen las conclusiones finales de las percepciones y estímulos que recibimos continua y caóticamente.

    Una tiende a pensar que esos señores que se sitúan en la parte etérea de la vida, como son los poetas, saben amar y también que no tienen miedo, al menos, miedo a las mujeres, en realidad una no piensa esas cosas, solo las siente y además las quiere creer. Estamos tan llenas de dudas -no sé si las pelirrojas o las mujeres en general- que hacemos algo que va en contra de nuestra naturaleza animal, es decir soñamos. Somos tan exigentes con nuestros caprichos sexuales que ajustamos al que se dispone a cogernos para que quepa en nosotras, para que eyacule en nosotras.



0 Mapaches:

Publicar un comentario

Mi lista de blogs

Seguidores