domingo, 28 de junio de 2009

Primer acto: Sin sangre ni derrota.



    Ardo en poesía y en los edificios en donde la lluvia rebota. Las nubes acariciando el aire caliente por el que traslucimos toda la pena y la borrachera. Vuelven los agobios de la imagen de comercial barato. Hablamos de vacaciones y de casas, de dinero y de trabajo. Nunca tan poco revolucionarios como ahora. Nunca tan rendidos y nunca tan miserablemente adultos. Tranquilitos, calladitos, nos comemos el postre. Y felices lamemos la sabrosa concha y nuestros estomagos se hinchan y nuestros espíritus se pudren, se quedan estáticos pegados en la viscosidad meremelada que ruge estabilidad y cables a tierra y decencia y formas correctas de comportarse. La palabra emergiendo vacio desde el vacio mismo de la ficción que todo es, si no hay sangre ni derrota.
    El peso de la gota de agua ha ido deshojando los arboles. O las hojas caen antes que la lluvia las tire. Hojas orgullosas lanzándose al vació antes que el tiempo y la gravedad las alcance, las desintegre en el pavimento, en la dureza fría de la ciudad, esa parte de la ciudad donde millones de pies indiferentes se dirigen una y otra vez; una y otra vez a los lugares donde la rutina triunfa. Donde el hedor de la miseria humana, la repetición humana, es escondida entre los escombros de un perfume demasiado caro para mis bolsillos, y sushi, y ropa elegante. Los montgomerys se van cerrado para siempre. Y la estupidez les carcome el cerebro para dejarlos gorditos saciados en su propia vanidad esperando un verano para bañarse en su piscina o vacaciones en can-cun.

Paremos aquí.

    Entonces nos pusimos a caminar roñosos.
        Entonces íbamos con nuestras cajas de vino y nuestros cogollos de marihuana
            Mirándolos a todos íbamos burlándonos y llorando...
                buscando algo que no tiene nombre            pero que jamás meramente pasa
            sino que penetra y da orgasmos... espasmos de dolor y de alegría y de verdad
                Nefasta nuestra moralidad por contraposición. Sucios, besábamos vergas y vaginas indiferentes. Borrachos, vomitábamos altares y cementerios por igual. Y de eso escribíamos. Y relatábamos desde nuestras palpitantes y rojas experiencias. Y encontramos algo aun peor: quedan demasiado pocos humanos en el planeta tierra. Y qué inmensa cantidad de máquinas repetidoras, qué inmensa cantidad de seres-reloj pero sin tiempo, que es lo mismo que decir sin cosmos; Seres-broma sin peso ni trascendencia. Seres-cortos, pequeños, ínfimos, escondiendo su pequeñez en esos bordes que creamos en conjunto. Que linda que es la vida cuando nos ausentamos para siempre de la consciencia.
                Absurdas palabras que brotan de su boca repitiendo. Repitiendo es un palabra demasiado repetida, pero eso hacen, repiten y citan, y aseguran su debilidad, y llenan su vacio de palabras, de contenido, pero uno caga lo que come, y en algún momento toda la palabra-libro se convertirá en pasado y dirás que insensatos que fuimos y luego dirás "hay que ser imbécil para seguir siendo revolucionario después de los treinta" y bravo, todo justificado, porque miraremos a nuestro alrededor y nos encontraremos una y otra vez con nosotros mismo en otros lados y en otras posiciones. A coro y agachadas las cabezas y apagados los corazones: somos felices con nuestros sofás, tanto nos han llenado la vida nuestros hijos (no es extraño que la vida te la llene una persona que se irá y que no te pertenece, no es egoísta?) y que bonita que es tu casa -tu esposa de tu mano mueve la cabeza observando la delicada estética de aquel cuarto donde se encuentran los trofeos ganados con la repetición de un esfuerzo sin sangre y por el cual el mundo sigue funcionando- y que limpio que está todo.
        A veces sientes que te aprieta la mano y recuerdas que ella te pidió ese mismo estilo en los sillones, sientes en tu corazón el agobio de la falsedad de sentirse perdedor porque un matrimonio te gano el estilo que podría ser tuyo, o sea que ya no puedes decir que eso ya lo habías pensado, porque harías patente la envidia creciente, la competencia absurda en que caíste, y no te das cuenta que... ya no hay vuelta atrás, moriras lejos de la órbita de los libros, no podras volver a entender a Bukoswki. Mejor durmamos, mi amor. Pero antes, te sacaras las bolas porque tu mujer no se excita ya con tu fomedad pélvica, ni tu te excitas con la exigencia continua de dinero y de no se que cosas. Tus hijos duermen felices aprendiendo a competir de nuevo. Los primos, maldición, siempre tienen mejores cosas que tus hijos y tus hijos a veces están más tristes, y esperas no enseñarles la verdad porque hace daño, la verdad hace libre, pero la libertad hace daño, porque este mundo, es un mundo para esclavos... y tu eres uno ahora.



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