miércoles, 12 de agosto de 2009

Noche y Universo.

   El estómago me quemaba. La temeridad con la que nos comprometimos a seguir las señales no consideró los temblores, ni los miedos, ni las dudas que desde esa debilidad agobiante nos hacían parecer inmensos seres que lo mismo podían ser monstruos demoniacos o angelicales. Del otro lado, puedo afirmarlo con certeza, ella dudaba. El ardor en su estómago era incomensurable al mío. El suyo se parecía a una gran cazuela de miedo, ganas, deseo y hastío. El mío más se parecía a un trasnoche de angustia. Sé que la retenía su moral, su moral cristiana, su moral de atea criada en una sociedad católica apostólica romana, su moral de niña bien tirada a mal, su moral de transmisión sexual. Sabía que mi llamado la interrumpía, pero no me importó. Supuse que a pesar de nuestra agradable intimidad, quería olvidarse de mí. Además, ella hubiera preferido hacerse cargo de las situaciones desde su propia central de inteligencia y es por eso que en situaciones normales no hubiera aceptado rendirse ante mi inoportuno llamado telefónico. Pero, tras unos segundos de silencio, aceptó. De una manera insospechada y amable, me dijo que bajaría en unos minutos para encontrarse conmigo en el metro.      
 
    Metro Pedro de Valdivia, un alto edificio de ventanas inclasificables se inclina y me pregunta si es que en verdad estoy dispuesto a hacer algo que no podré olvidar facilmente. La pregunta queda en algun rincon del inconsciente solucionándose mientras espero a quien ya debería estar acá. No estoy acostumbrado a esperar, la mayoría de las veces el que se atrasa soy yo. Entonces no se como actuar y solo hago lo que se me ocurre sin pensar si es que se acomoda bien o mal a los usos sociales a los que estamos obligados.

    Me puse unos pantalones que sabía le gustarían. Mi ropa no se diferencia mucho de lo que usan otras mujeres de mi edad. Quizás soy un poco más conservadora o un poco menos atrevida. En todo caso, nunca he sabido como combinar la ropa ni qué ropa provoca el efecto que deseo provocar. Algunos lo atribuyen a mi madre. Yo lo atribuyo a una falencia social mía que descubrí hace poco, pero que he sabido sortear disimuladamente. Pero con estos pantalones lo sabía. Los compré en Bolivia y me costaron como la mitad de lo que los venden acá. Son unos que parecen pijama, de lana, rojos con rayas blancas verticales y que se mueven solos mientras mis piernas caminan. Me gustan porque me hacen sentir como la Janis Jopplin o como en Woodstock, aunque él después me diría que le recordaban a Bob Marley o a una canción de Bob Marley o que le dieron ganas de escuchar una canción de Bob Marley, pero nunca me dijo cual. Me los puse y bajé contenta. No me importó la prueba de economía que tenía al otro día. O me importó un poco, pero menos de lo que me hubiera importado de ser cualquier otro llamado. Tenía ganas de verlo, no me acuerdo muy bien por qué. No tenía ganas de besos ni de abrazos, tenía, sobretodo, ganas de verlo y de escucharlo y de oler un poquito de nuevo ese olor tan rico, mezcla entre Halls, cigarros y desodorante.  
 
    Hay veces en que la desconsideración no es divertida, sobre todo si la forma o la imagen de las ilusiones que nos creamos voluntariamente para poder sonrerir de formas que no hemos sonreido nunca o, al menos, en un espacio de tiempo suficiente como para que estemos dispuestos a echarnos a nosotros mismos por la borda para experimentar ese algo que no es fácil de encontrar, depende de esa  desconsideración. Sin embargo, llamo. Venia en camino y bajaría por la escalera contraria a la que yo esperaba que bajara. Afortunadamente descubrí mi error a tiempo para verla llegar con unos pantalones que nunca imaginé que tendría, que provocaron que quisiera oir una canción de Bob Marley mientras nos imaginaba en una playa o recorriendo una ciudad, o completamente volados en algún lugar donde se vieran las estrellas -la carretera entre Calama y San Pedro es perfecto para ello-.

    Lo ví. Creo haberle sonreido, tratando de disimular mi retraso. La demora fue deliberada y atribuible a las ganas de darme unos segundos para prolongar su espera. Hacerle sentir que no era sólo él quien estaba autorizado a llegar siempre tarde, que yo también podía darme el lujo de hacerlo esperar. Y de comerme un manqueque y lavarme los dientes y terminar de ver si los pantalones me quedaban como yo quería que me quedaran. Traté, después del saludo, de iniciar una conversación fluida. Siempre trato, pero intentar la fluidez resulta una paradoja bastante incómoda. En todas nuestras conversaciones me sentí un poco responsable de eso. Algunas resultaron bastante buenas, pero no todas. Hubo algunas especialmente desastrosas. No me acuerdo de ninguna en este momento, pero me queda esa sensación de no haber podido lograr la fluidez en todas las conversaciones. Yo creo que nos faltaron un par de momentos juntos y a solas. Al final, creo que toda la trifulca hubiera valido más la pena con unos cuantos abrazos y besos más. Pero no se pudo o yo no quise, o no quisimos, o no se atrevió ni me atreví. O le dí la dirección de mi casa una noche en que debió haber venido, aunque mejor que no haya venido, y no tomó la decisión, porque él también hizo gala de un respeto innecesario parecido a una timidez que nunca le supe reconocer. O sólo le dio un poco de flojera tomar la micro tan tarde en la noche. Igual todo se hubiera marchitado de a poco, pero lo hubieramos aprovechado un poquito más. Como cuando el asesino sabe que lo van a condenar por homicidio y debió haberle dado un balazo más al desgraciado del muerto o haberle disparado en las manos y en los pies, para que sufriera una muerte dolorosa y servida en plato frío. 
 
    De a poco la conversación se fue haciendo más fluida. Las caminatas aportan mucho. La calle es una tema de conversación al alcance de todos. Empezamos a contarnos los rescates del día y se rió con algo que le dije, pero ya no me acuerdo qué. Desde ese momento traté que los pasos se volvieran lentos y traté de alargar el trecho hasta el paradero de la micro que debía tomar para ir a su casa. Intenté hacerlo reir un par de veces más y él me hizo reir a mí y me mostró a un malabarista bien moreno y me preguntó si me gustaba, porque él sabía de mi predilección por la belleza autóctona y yo le dije que tenía los ojos bonitos, pero que no me había gustado tanto, porque el malabarista se me quedó mirando más fijo de lo que a mí me gusta. Y el entendió todo lo que había pasado con el malabarista y entendió todo por una milésima de segundo en el que quedaron suspendidas las palabras y los ritmos y los "te quiero" que nunca le dije, porque le dije "como que te quiero", pero nunca le dije que lo quería, porque nunca supe si lo quería de verdad o no, pero ya después de haberlo dejado de querer, creo que sí. Mientras las palabras seguían suspendidas y yo empezaba a disfrutar del nuevo silencio que emergía de él, pensaba que nos venía bien caminar y que caminar, al fin y al cabo, se ha convertido en mi vida en la forma más efectiva de crear relaciones nuevas y olvidarme de las viejas. Supuse que el camino que estábamos recorriendo sería uno de los últimos y traté de contener todas las conversaciones que habíamos tenido en ese camino finito y providencial.       
 
    Los inicios de nuestras conversaciones siempre fueron nerviosos. Su cadencia era lenta al principio y al final, y en el medio, frenética. Algunas veces, esas pocas cuando las pasiones se desbordaron, el final fue el frenético y el medio pausado, suspensivo y sospechoso. Recuerdo una conversación que parecia terminar como los últimos segundos del quinto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven, pero que desafinó horriblemente en el acorde final. Los instrumentos sonaron descompasados y todos, todo el mundo y todo el universo, durmieron mal esa noche. Las últimas conversaciones que tuvimos eran autoconscientes del patetiquismo que sobrevendría al final. Fuimos como un nudo suave, esos nudos que hacen los magos y que se deshacen con un soplo, lo que no deja de ser penoso y tranquilizante a la vez.
    La pregunta con la que veniamos en los labios era donde iriamos. Y como siempre la respuesta se encontraba exactamente en el punto medio entre las presiones que su realidad ejercia sobre su consciencia y sobre sus deseos y mi falta de determinación o planificación de lo que había que hacer. Terminábamos fijando minutos, horas y segundos, metas y fines, que más que tranquilidad me dejaban un sabor triste, quizas dulcemente triste, al concebir intelectualmente la finitud de lo que hacíamos. Simpre hubo finitud, la prudencia escondida y misteriosa que actuaba cifradamente en cada una de nuestras voluntades nunca se permitio la infinitud, al menos de manera franca y sincera, solo la soñó y la descalificó, la quiso y tiró al tacho de la basura, la conformó con cada una de sus particularidades imposibles y luego la deshizo con los más contundentes argumentos de por qué ninguna de esas posibilidades de infinitud se sostenia por sí misma. La prudencia miedosa de dos seres que saben como es que se entrega el alma.
    Siempre me custioné la conveniencia de que gran parte de nuestras conversaciones se refirieran a nosotros mismos. Mi imaginación veía todo eso como la fabricación simultánea y dual de una ficción mientras se habla, se camina y se vive. La referencia a nosotros mismos y desde ahí a lo externo, evidentemente permitía lo que estaba ocurriendo. Aunque había placer, no lo negaré, cuando nuestras conversaciones giraban en torno a nuestras acciones diarias o a sucesos externos a la burbuja, creo que ninguno de los dos permitía que eso se transformará en elemental pues bien sabemos que las palabras dan vida o matan, y ambos no queriamos dar vida a algo que siempre quiso crucificarse y morir para la purificación de los pecados de los otros. Nuestro Jesús fabricado de emociones y palabras y que sería olvidado por la humanidad, tal como ocurre con el verdadero, mientras más siglos pasaran sobre su inexistente cadaver.
   
    Sus pies seguían igual que siempre, de eso me aseguré a penas estuvo a mi lado su menuda humanidad, pies que no eran españoles, si no que más bien nórdicos. A veces, no se por qué, quizás porque sabia de la existencia de sus perros, me la imaginaba tambien como un ínfimo pastor ingles que saltaba y ladraba. La imagen era un poco cruel, pero me hacia reir, aunque yo, personalmente, no lo considero cruel, sino que una extraña -posiblemente un poco enferma- representación de la felicidad y  la inconsciencia a la que apelabamos cada vez que nos veíamos.
    Mientras sus pies se movian conmigo, sus manos iban y venian acariciando el aire y su compañia, que era externa a ella misma (si, en esos momentos nada terminaba en uno mismo, todo llegaba y quedaba en el aire o ahí y también todo era mentira y, por supuesto, todo era verdad) interferia la esfera que me rodeaba, electrificándola, lo que daba como resultado una lucidez monotemática y monocular.

    Pensé que la ficción llegaría tan lejos como nuestros deseos nos llevaran. Deseé que esa tarde de caminatas y cachantún con gas fuera infinita. Nos deseé viviendo en Nueva York o en París o en cualquier ciudad cosmopolita en la que no nos viéramos sometidos a la olla de grillos santiaguina. Nos imaginé desconocidos, ignorados y libres de saludos de lejos y de cerca. Pensé en la tranquilidad que nunca tuvimos y en el momento a solas que no nos acompañó. A veces hago un recuento de las veces que estuvimos juntos y me pregunto qué fue lo que impidió nuestra unión. Los argumentos en contra eran muchos, pero no concluyentes. Yo estaba enamorada de un historiador de pelo largo, músico indie, con ideas locas y mujeres encima. Esa siempre fue la mejor explicación, pero no la única. El amor no tiene exclusividad y el mío menos que ninguno. 
     Tras casi una hora de caminata, llegamos a la fila de gente en el paradero (en la que incluso divisamos a una compañera de su curso). Los deseos de futuro fueron rápidamente reemplazados. Sólo quise que se fuera luego en esa micro verde con cara de modernidad para evitar prolongar una despedida caótica e inútil. Me arrebató mi razón y ví mis pies escritos indelebles en el pavimento de ese paradero de avenida Providencia (cuyo nombre espero sea sólo un guiño de mal gusto del destino). Repentinamente me abrazó. Fue un abrazo delicioso que recibí con todas las ansias del mundo y del universo juntos y me llevó a despegar los pies unos centímetros del suelo para luego volverlos a dejar reposando suavemente en su sitio original. Él se retractaría esa misma noche por ese abrazo, en sus palabras, desesperado, forzado y torpe y, en las mías, tranquilo, voluntario y amable. Luego del abrazo subió a la micro y caminé decidida y preocupada por la prueba de economía del día siguiente. Mis pies siguieron haciendo una marca indeleble en cada paso hacia el departamento de Pedro de Valdivia.
  
    El estómago me quemaba. La decision me pertenecia. Sabía que esto marcaría un punto de inflexión, pasara lo que pasara las cosas no seguirían igual después de lo que estaba a punto de ocurrir. Si no me presentaba en su departamento, nunca más volvería la oportunidad, y en cada uno de nuestros espiritus comenzaría a desplomarse la ficción que con tanto cuidado fabricamos, es decir, la normalidad volvería a abrazarnos y esta vez no permitiría que nos escaparamos de nuevo, pues ella misma se encargaría de demostrarnos empíricamente qué era lo que nuestros caminos se debian a si mismos y qué era lo que debíamos proteger. Si asitía, si salia de mi casa, cruzaba el parque, llegaba al paradero, levantaba el dedo unos 10 segundos antes de que la micro pasara a mi lado, subia, saludaba al chofer mientras pasaba la tarjeta de pago del pasaje por el sensor, buscaba un asiento que me permitiera una buena posición para observar el camino, la ciudad y las luces alternando con algún libro tomado por azar de algún rincón de mi desordenada pieza, si llegaba a Los Leones con Suecia, y seguro que preferiría caminar a tomar otra micro, caminaba hacia el edificio donde ella me esperaba o no me esperaba, me enfrentaba a los siempre escepticos conserjes -su trabajo es ser escepticos de la bondad de los seres humanos-, entraba al asensor, marcaba un número que ya no recuerdo, golpeaba una puerta con un número grabado que tampoco recuerdo, y nos mirábamos con sorpresa, cariño, sospecha, miedo, alegria y vértigo, las cosas tomarían para mi un rumbo más placentero que para ella, pero igualmente desgraciado para ambos. Sin embargo, lo hice o imaginé que lo hice.
    Abrio solo un poco la puerta y me miró con esa cara de susto que solía poner cuando las circunstancias desbordaban la extensión de su voluntad. Esa cara de miedo de saber que las cosas se le estaba llendo de las manos o que se le podian ir de las manos y que ya no quedaba más que entregarse al fulgor, a esa cosa sin nombre que nos quemaba por imposible y absurda, y tercos, ambos, insistiamos a sabiendas que mientras lo hacíamos creabamos también las formas de lo que veíamos o queríamos ver.
    De la puerta entreabierta se vislumbraba un ojo o dos, más bien, a veces uno, a veces dos. Ojos que no se desidían a abrir, ni a reaccionar, ni a indicarle a la boca algunas palabras que distendieran en alguna dirección la intensidad del momento. Recuerdo que el primer año de universidad esos ojos fueron comentados y alabados en innumerables ocasiones por distintos compañeros de generación, también por mí. Como si los ojos se bastaran a si mismos para caminar, andar y vivir. Ahora recuerdo, también, el desdén que acompañaba esos ojos y que vinculo con alguna historia que ella me contó relacionada con una depresión. De todas maneras ojos que eran, sin duda alguna y sin exagerar, lo más hermosos que yo haya visto en mi vida y, tambien declarados en varias ocasiones y por distintos personajes que habitualmente departían sobre la belleza o fealdad femenina que nos rodeaba, como los más hermosos de la Escuela. Obvié deliberdamente la posiblidad de ese halago por simplón. Nunca se lo dije de manera clara, aunque estoy seguro de que si lo quisiera, podría construir una entera apologia de la belleza de esos ojos ahora que los conozco más de cerca. Sé que la potencialidad del discurso ocular y azuloso al que apelaría se referiria ya no tanto a la belleza formal ni a la belleza material, como a la profunidad y a las variaciones del brillo en una y otra circunstancia, a los devenires enojos, tristezas, odios, que nunca conocí y a las sopechas, miedos, sorpresas, y fuego que, me atrevo a decir, sabiendo que posiblemente me equivoque, conozco de manera clara.

    La primera vez que intuí la graduación de su erotismo fue simultáneamente con el primer beso. Justicia y Promesa se encontraron como por obligación en una banca. Nadie supuso nunca que los deseos serían desatados, nadie, creo, tenía la intención de que eso realmente ocurriera, pero ocurrió. Bastó encontrarse lo suficientemente cerca para que se volviera inevitable. Su agitación y al mismo tiempo la retención, la espera, la prudencia con la que me besó me reveló la forma de su lujuria, ella, conocedora de si misma, entendía que un beso más distendido y entregado terminaría en una cama. Dos escorpiones que ya no se odiaron, no pueden evitar anhelarse mutuamente, al menos hasta ese momento.
    La primera vez que senti el apremiante deseo de besarla simultáneo a la convicción de que si lo hacia mis labios no serían rechazados,  no pude hacer con el deseo lo que hacen todos los hombres: realidad. O es que extraño la posibilidad de su hastío que yo tanto anhele para mi, pero que nunca poseí. Nos habíamos sentando en un parque a ver como unos malabaristas hacian ir y venir entre un público que a veces entendía y a veces no y los niños  que solo miraban maravillados de los colores y las sombras y la altura de esos tipos que juntos median como 3 metros o era que estaban arriba de una bicicleta. Yo juro que la hubiera abrazado y agarrado muy fuerte porque las ganas de abrazarla ya era imposibles, y las emociones que sentia ya eran trágicamente personas, es decir, ser.
    Yo me sonreía  atrapado entre la contradicción de una ternura que no conocía y el incesante bombardeo de sangre y fuego que mi corazón conducia hacia mi cerebro, mi estómago y de ahí a todo mi cuerpo. Entonces no sabia si dar el primer paso y besar delicadmente en la boca, aunque esto es lo que más quise hacer, o invadir como las hordas del Gran Kahn aquel cuerpecito tibio y suave de una vez, sin que mediaran palabras, o escudarme en la timidez y saludar con un beso en la mejilla preguntando al mismo tiempo como es que se está. Creo que comencé haciendo  esto último pese a la estupidez coetánea de esa acción por anacrónica. Sin embargo dejé mi mejilla en su mejilla y mi brazo como si tuviera vida propia rodeo su cintura, mientras su aroma me hacia cerrar los ojos ante el irresistible deseo de hundirme completamente en ella, en su piel, en sus células, en su alma. Ella se quedó paralizada, sin siquiera atinar a cerrar o no la puerta, mientras yo le besaba el cuello embobado aún por su aroma enervante que tenia la pésima costumbre de seguir acompañándome horas después de nuestros encuentros e incluso, caprichoso el muy maldito, aparecia de la nada cuando asomaba la hirsuta e ingrata esperanza de verla cuando se sabía que eso no ocurriría. Promesa no soportó mucho tiempo su indiferencia y levanto su mano para acariciar mi espalda y mi torax mientras su cabeza se meneaba en un desdichado y profundamente alegre símbolo de la inevitabilidad a la que nos habíamos empujado, indecisa aún entre ir al encuentro de mis labios, que se quemaban por los suyos, o despojarnos a ambos, con un brusco movimiento de golpes, pataletas y negativas, del infinito placer que sentiamos cuando nos juntabamos de esa manera.

    Cuando la recuerdo me parece increible que solo nos hayamos besado tres veces, cuando pudieron haber sido muchas más. Recuerdo la segunda, nos juntamos fuera a la Escuela un ratito como siempre, yo no habia almorzado y bueno nunca en verdad digo si he o no almorzado y esa vez lo dije porque sabia que algo podia pasar. Era gracioso como nos fabricabamos los momentos, ambos participabamos sin darnos cuenta de la irrupcion del otro, o dándonos cuenta... que se yo. Me invitó a comer entonces, recuerdo que esas palabras sonaron muy al fondo y yo sonreí, caminamos por el parque forestal hacia su casa y hablamos de cosas diversas, y tambien nos quedamos callados y después supimos que un tío de ella nos habia visto, de todas maneras, yo sudé bastante por culpa del calor.
   
O fue que podia imaginarnos o me imagino ahora en todas las posiblidades de existencia  con ella y me parece que en todas era feliz. Que importaba nada si podia acceder cuando yo quisiera a la infinitud, a ella y la totalidad que la perseguia y ella que acompañaba mis soledades.
   
O fue que cuando ya se hizo evidente que nuestras conversaciones no eran inocentes sino que verde oscuro como ella extrañamente las llamó, yo supe que lo único que nos dejaria realmente satisfechos eran dos días juntos, días enteros, en la playa, viendo y absorviendo amaneceres y puestas sol. Y caminatas y pasos y arena marcada con sus ellas y mis yoes. ¿Por que le puso color verde oscuro ? no lo sé, aunque seguramente una de las razones era evitar a toda costa llamarle rojo que es como en verdad era y como en verdad se sentía, al menos  en mí. También, la distancia y el tiempo hace que dude de lo que creí percibir en ella y  me haga pensar que es algo que más bien yo inventé para poder creer que hay personas que sencillamente no se pueden olvidar.
 
    
   

    A veces, cuando estoy muy solo, vuelvo a aquel amanecer, no por alguna de las diversas modalides de la melancolia, ni de la tristeza, si no más bien como una manera de hechar a andar algunas viejas emociones que contienen una belleza que se basta a si misma para ser recordada. El sol, las paranoias, las palabras y las confesiones al mismo tiempo que las caricias, la distensión, la alegria.
    Nos mirabamos sin decirnos nada, la penumbra se habia llevado los pudores y en el silencio la felicidad y el olvido acariciaban nuestras pieles desnudas. Yo no podía más del sufrimiento que me inflingia aquella situación: era feliz y dejaría de serlo. Quizas fuí yo mismo quien le dió el contenido romántico a la situación, quiero creer que no. Luchaba conmigo mismo, las inseguridades y las seguridades se enfrentaban continuamente. El temor, contrario a lo que habiamos creido, no desapareció despues de hacerlo. Sin embargo, se transformó en algo hermoso, en algo que, en alguna medida, nos devolvía a la infancia, o nos dejaba débiles y puros, entregados a la muerte; en ese estado eramos vulnerables a todo, mientras yo acariciaba sus siluetas y besaba su cuello y su espalda, solo para tener una excusa para seguir estando cerca de ella. También, no quise ver o oír la creciente saciedad que comenzaba a germinar en ella: pronto habría que marcharse.

  Sin embargo, cada día que pasa sus recuerdos son menos vívidos y recuerdo menos su cara, quedan los nombres que algune vez le puse, las emociones que sentí por ella, todo lo que quise darle y las ansias de querer que fuera mia se van, se van y llegan otras mujeres y pasan y me miran, y yo las miro, aunque a veces tengo la sensación de que mis ojos no volverán a encontrarse con el fulgor que nacía cuando nuestras miradas se encontraban, aunque a veces tengo la terrible sensación de que ella piensa en mi como yo ahora en ella, recordando esos dias en que se juntaron en una sola maquina sangrienta e imparable la noche y el universo.

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