domingo, 15 de noviembre de 2009

Largo relato de la humanidad y del yo. Parte primera.

    Pero a veces es demasiado sencillo ver como recorres los acantilados del tiempo. Ya sin temer a ningún abismo y libre al fin, para poseer la cima sin traicionarte a ti mismo. Y es que la mesura de la edad va avisando en el alma; y el cerebro, que ha vuelto a situarse en la comunidad, huele el perfume de esa búsqueda perdida entre miles de escombros, y eso es así por la contradicción y la falsedad, ese lugar horrendo que las almas sensibles no se conforman con aceptar.
    Lloraste por el mundo e hiciste el camino contrario. Renunciaste a tu alegría y al camino trazado por todos los hombres. Ese esfuerzo de mirar las letras y memorizarlas. Te perdiste porque quisiste perderte, te perdiste porque despreciabas tanto lo falso que no pudiste contra ello y no permitiste que eso entrara en tu alma. Aunque ahora comprendes que esa decisión adolecente,  logró abrir a la experiencia el mensaje verdadero del amor por la humanidad. Esa intuición también te condenó, y es que ciertamente el olvido no está al alcance de la mano; nla edad no se detiene y las cosas van aburriéndose de sí mismas por la falta de novedad.
    Ahora ya no odias la mediocridad de todo lo que te rodea. Ahora no te resientes contra los absurdos llenos de cuadrados y de círculos. Ahora te compadeces del miedo de los hombres. Ahora entiendes todo ese miedo y lo tienes puesto en la mano y lo observas con atención. Y es esa compasión, ese amor, el que te hace al mismo tiempo tan individuo y tan soberbio que ya no sabes donde esta ese lugar que tanto buscaste y que has perdido para siempre. O, al menos, no ves cómo podrás llegar de nuevo a sonreir con el corazón absolutamente rebosante de felicidad. Y es que en el abismo te crecieron los músculos y el cerebro se volvió dominante y total. Y ya, la electricidad que creias percibir, el caos en el que todo se movía ha desaparecido; se ha escondido, convenientemente, muy al fondo tuyo para soplarte en el oído el consuelo de los días que se repiten sin pasión. Ahora, por la comprensión y por la mesura, ves estructuras, ves intenciones, ves voluntades. Aunque muy en el fondo de ti, extrañas la locura y extrañas la pasión y extrañas el abismo que era una dirección en sí misma, una honestidad brutal con la muerte, diciéndole, ven aquí, amiga mia, hazme tuyo porque sé que no soy más que muerte.
    Pero luego comprendiste que también eras vida. Y que la historia tiene un sentido tan abierto que eres "poder" cuando eres manos junto a otros. Las palabras volvieron a abrirse, pero esta vez no dejarías abiertas las puertas de la franquesa para con todos. Te reservas la verdad para ti mismo, pues estas en otro escenario y tienes que volver a aprender cómo funcionan estas relaciones llenas de símbolos y desgracias. Ya no puedes seguir en el placentero y exahustivo estudio de ti mismo, debes devolverle a los demás algo diferente y más humano que una atenta observación en tercera persona. Decidiste salir de la soledad para volverte humano. Y el artículo por el que intentas moverte hoy, es el "nosotros".

    Quizás demasiado joven comenzaron a dolerte las contradicciones. Demasiado joven entendiste que era el amor y no otra cosa, lo que valia en la vida y esa tautólogica ansiedad por la verdad, que te perseguirá siempre, tu compromiso desmesurado con el amor, te dañó de una forma imposible de recuperar.
    Demasiado joven comenzaste a pensar en los otros, viendo, observando cómo observan los otros, situándote en su perspectiva, mirando como miran los ojos de los otros. Y viviste todo el dolor de una manera total, sin miedo, sin renunciar; intuias que era la soledad de los hombres, el miedo de los hombres a la muerte y al olvido, lo que hacia que ellos hicieran de su riqueza, la riqueza de la conciencia humana, la conciecia de saberse nacido, hijo, nieto, esperanza... y luego padre, madre, abuelo, algo imposible de compartir. Y luego, intuiste sus caretas, ya no les veias con el honor ni con el orgullo de sus logros, solo veias muerte en su vanidad egoista, y dijiste, temerariamente, haré todo lo contrario, haré de mi vida, llena de esperanzas y expectativas, algo aborrecible y lleno de agujeros y lleno de fracasos y carente de cualquier éxito.
Eso porque tu alma vivia en la sensibilidad. Venias de un lugar con demasiado amor y con demasiados abrazos y te horrorizó la forma en que el amor se corrompía en la conveniencia y en la imagen. Adolecente aún, los mirabas a todos y los amabas, sin entender por qué, pero también los despreciabas; despreciabas ese abandono a la sonrisa fácil, a la canción que suena, a la comodidad que significa aceptar el mundo sin luchar por otro mejor. Pero... y que más da, el miedo de la humanidad es tan total, que son muchas las hermosas conciensas que renuncian a si mismas y preferien lo dado por los otros: la paz y la tranquilidad, FALSA, que inventan los que conocen cómo funciona el mundo... para no sufrir. Pero esa es una vanidad demasiado ingenua, basta con ver a nuestros padres refugiándose una y otra vez en la esperanza que significa reproducirse, criar y enseñarle al hijo la mejor manera de vivir. Pero la reproduccion, ese hecho tan sagrado, vuelve a las consideraciones del mercado y ya no es el amor lo que hace que copules y beses el cuello del aroma de tu mujer; es el éxito, la perspectiva de ser un hombre decente y respetado, lo que hace y hará del movimiento de tu pelvis la creación de otro ser.
Nada hay mas sagrado que un ser humano. Y es esa la razón por la que las montañas, el oceano, las estrellas, el teclado en el que uno escribe, es sagrado. ¿Como no amarnos si somos tanto? Tanto mas juntos que solos. Y es el miedo, y es la imposición de un éxito extraño, lo que hace que el amor de los hombres con los otros hombres, se transforme en algo tan grotesco como la dominación. Convencerte, ganarte, asesinarte, someterte, son los emblemas verdaderos de nuestra sociedad. Y eso no se conforma con el humano animal-ser, que extraña para siempre, la musical combinación de lo verde con la carne, de la pasión con la mesura, de la razón con el espíritu.






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