lunes, 4 de junio de 2012

Comentario sobre un olvido.


Así era. Demasiado sencillo para ser algo importante.  Demasiado evidente como para poder ser rescatado de la carencia de sentido. Aunque no tan obvio como para dejar de ser, de todas maneras, maravilloso. Haciendo, atravesando el desierto de esa maravilla, que el ridículo no fuese el elemento central de la historia. Pero había llegado a su fin y era ya evidente que no había vuelta atrás y que el germen de hormigón había extendido sus pólipos corrosivos por todos los espacios sensibles de mi ser, haciendo que la angustia, real o ficticia, fuera una de las pocas cosas intensas de la realidad. Tanto como el poder. Tanto como el hambre.
 Y aunque Alejandra supusiera en la realidad el milagro (diciéndolo con esa lentitud y con esa elegancia tan propia de ella como su limpia simpatía), a mi no me bastaba y marcaba con una voz horrenda y timorata la sequedad tan lúgubre de la alegría de las cosas simples. O era quizás una forma de detestar aquello que no comprendía o que me era imposible hacer propio. Pues, ya era evidente que no era posible para mi espíritu considerarse dueño de aquello que la mayoría de los seres humanos posee: mediata sensatez, un agudo sentido común que era ejercido sin la necesidad de las palabras, sin que fuera necesaria una sucesión, una explicación, una razón profunda. No, la lógica era sencilla. Era implacable e impiadosa. Si quieres vivir, ejecuta. Si el sable blandiéndose por tu vida despide un aroma a flores, entonces mucho mejor. Si te conformas con la superficie natural de la ciudad, vas en el camino correcto. Si todo te parece tan claro que no queda más alternativa, entonces, hermano, sonríe, porque has encontrado la verdad. Pero, aunque comprendía las razones, comprendía el fulgor y la lava de mis decisiones, seguía tratando de saber cómo puede tanta rebeldía y tanta insensata pasión estar equivocada.
Me había puesto en esta posición para describir, para tener la posibilidad de describir sin que mediaran cuestiones poco relevantes para el ejercicio de la literatura. Y me quedaba todavía un buen trecho que recorrer para reconocer y comprender la mentalidad del hombre común. Y aunque ahora toleraba más el mundo, me aburría una enormidad con el paso lento de los días. Faltaba la vanidad. La vanidad había sido puesta en el lugar en la que la ponen los locos o los demasiado temerarios. Faltaba la ambición. La forma en que esa ambición quiere comulgar con la de los otros. O comulga y comenta consigo misma los logros propios y los de los demás. Comentario que se transformará en la semilla que producirá las alianzas. Vanidad que junto con la ambición da el color a los lugares en los que se junta la gente a mirarse con deseo, con desprecio, con distancia o con amor.

Pero lo maravilloso de ello no guardaba relación alguna con la aventura de un paisaje que muestra diferentes caras conforme la luz avanza sobre él. No, no tenía que ver con la Naturaleza. La maravilla era netamente humana, demencial, casi religiosa. Fue una maravilla que nació de la desesperación. Un niño que nace enfermo y débil a quien sus padres alientan a respirar. Justamente como Dios nace de nuestra carencia, de aquello que somos solo en parte o de aquello que derechamente no podemos ser. El verdadero Dios nace de la desesperanza, la verdadera filosofía, también.
Era maravilloso por su calidad de mito. Tenía valor por existir fuera del tiempo y de la corrupción. Era un anhelo cristiano de pureza. Y como todo lo que emerge lejos de la tierra, como todo lo que en su crecimiento no se asemeja a los árboles, es hermoso cuando mantenemos los ojos cerrados y terrible cuando los abrimos. Y como todo lo que emerge lejos de la tierra, impide el crecimiento real. Pero se hace demasiado difícil escapar a su influencia si antes un fuerte golpe de knock-out no ha derribado aquel enorme edificio volador que es solo un premio de consuelo.
Había que avanzar y tanta demora no era casual, aunque tampoco demasiado voluntaria. Había que desacralizar, aunque el aburrimiento se hiciera más pesado después de eso. Porque se hacía necesario comprender el valor real de la sublimación para entender al hombre común.

La intuición me indicó, con un lento espasmo sólido, como si el horror fuera una tortuga hambrienta, que me acercaba a lo que había buscado hace tanto tiempo sin éxito. Y me hacía dudar de mi deseo, de su necesidad y de su eficiencia. Pero no había forma de detener aquella rueda que llevaba ya demasiado tiempo girando sin tocar soporte alguno. Una rueda girando en el aire solo marea a quien la mira. Y ya no había razones para estar mareado, porque la vida se mantenía allí afuera y todas las formas primitivas habían mudado a una nueva, mucho más compleja, mucho más rica en distinciones, mucho más seria en consecuencias. No había forma. Un cisne canta hasta morir, un lobo aúlla, solitario, bajo la luna. Pero el lago sigue allí y el sol nunca tarda en aparecer.
Pero buscaba razones, no solo para esto. Siempre buscaba razones, razones para no morir, razones para no odiar, razones para no dejarse atrapar por la oscuridad y por el vicio. Nunca las encontré, pero el fuego negro me impulsaba hacia adelante, casi siempre por puras consideraciones compasivas con quienes más habían dado por mí. Pues yo me sentía comprometido con mi investigación y no cesé hasta encontrar lo que buscaba o alguna cosa parecida. Allí, parado en ese abismo, terminé, acabé con el deseo de la muerte.  Busqué la muerte hasta que la más grande sublimación que ha creado el hombre, vino a predicar sin palabras, las razones de la vida. Y entonces, lentamente, tuve que volcar mi energía hacia ese punto y lentamente, todo el cuerpo espeso de mi alma, tuvo que girarse para que desde ese punto, se desplegaran las secuencias infinitas del horizonte que se llama como el hambre. El verdadero horizonte tenía olor a pan y a tierra. La mejor forma de penetrar en los misterios de la humanidad estaba a esa altura. Y yo estaba demasiado abajo. Como siempre, había exagerado la nota. Tuve que nadar hacia la superficie, mirando un sol que desapareció apenas llegué allí. 

0 Mapaches:

Publicar un comentario

Mi lista de blogs

Seguidores