miércoles, 1 de agosto de 2012

Julio Medina (fragmento III)


       A veces Rebeca movía de una manera muy particular sus cejas, que eran opacas y desordenadas, rectas y hermosas. Aprendió a ejecutar ese movimiento muy tempranamente de su madre, cuando esta, con severidad, inculcaba en ella los hábitos femeninos que darían gracia a sus movimientos. Pero la dulzura profunda de su alma no le permitió imitar mejor la severidad azul que admiraba; su hermana María Inés, lo haría mucho mejor. Pero ¿De donde provenía la elegancia inquietante con la que la madre de Rebeca enseñaba el misterio de la feminidad a sus hijas?
          La perfección de ese movimiento en la madre de Rebeca, Virginia, era, en el fondo, un homenaje, una forma inconsciente de recordar al que había sido su esposo, el padre de sus hijas. Para nadie es un misterio la forma en que la mutua admiración de los amantes produce cierta mímesis en los gestos que expanden la posibilidad de la comunicación. Fue esa severidad, que en el Don era reflexiva, la que impresionó a Virginia y dio inicio a la atracción por quien sería su esposo, empujándola inconscientemente a imitar ese gesto que para ella era el resultado más perfecto de la combinación entre ternura y virilidad. Virginia encontraba además en ese gesto un misterio que se introducía como un espasmo fantasmal en el caos que evitaba por miedo a la locura que rondaba como un tigre hambriento a su familia. Su padre había fallecido completamente demente.
      Las pobladas cejas del Don, de quien Rebeca heredó el desorden maravilloso de las suyas, casi escondían la penetrante mirada que ahuyentaba el temor paranoico que escondía con gran habilidad su esposa. Para ella, su mirada, la mirada del padre de Rebeca, era el Moisés que separaba las aguas de la cordura y el delirio que habitan normalmente la misma cuenca líquida donde se han de mojar las palabras. Pero el caos que contuvo eficientemente en su esposa no garantizó que este no se derramara en su hija. De él también procedía esa ternura sabia que Rebeca repartía gratuitamente expulsado una brisa alegre mientras se movía. Todo su altruismo era también toda su riqueza.

         En la medida en que la recuperación avanzaba, Kepler volvía sus pensamientos hacía el pasado. Sentía que un tránsito, que no alcanzaba a descifrar, se apoderaba fríamente de su espíritu ¿O era acaso, se preguntaba, que la transformación había comenzado mucho tiempo atrás, justo en el momento en el que, sin entender cómo, se afanó irracionalmente en una autodestrucción que lo dejó con el espíritu desecho? Había un amor, se dijo, no una mujer, un amor carente de sujeto y un sueño. Había una cosmogonía misericorde, una añoranza de comunión total que carecía de fuerza o de decisión. No, la fuerza era demasiado imponente. Era una fuerza arrogante, soberbia consigo misma, que decidió hacer la más grande prueba de su poder. Había una holgada capitanía de la ignorancia, esa que se mueve siempre por la certeza y nunca duda. Había un limpio deseo de adquirirlo todo. Pero la fuerza, que a veces era negra y otras veces marrón y a veces celeste, quería, buscaba, se afanaba en ver el centro redondo de las cosas o del vacío, y por lo tanto había una tristeza. Una ansiedad con cara de señora desquiciada que va por el subte o por la micro o el colectivo. Una añoranza de aventuras y de gigantes, había una búsqueda de miseria para no tener que vivir en la tranquilidad de la que parecía demasiado fácil extraer el jugo sustanciosos de la vida. Pero tampoco era eso, mirándose en el espejo, escrutando sus propias heridas y su piel, mirando lo ajada que la habían puesto los rayos y la luz, el exceso de sol y la falta de cuidados y la impiedad de la intemperie, no acertaba a dar con el punto exacto en el que decidió, porque lo decidió, que mandaría todo a la mierda, todas las certezas con las que venía viviendo, toda la moral en la que sostenía su alma, llegaron a un punto en que se volvieron insostenibles, y las ideas se derrumbaron todas y con ellas los deseos y con ellos las complacencia que da vivir como viven todos.
        Ahora que recibía los inesperados cuidados de esa mujer extraña podía volverse fríamente contra sí mismo, después de haber acabado con todo el fulgor y el encanto de lo externo, podía examinarse en la miseria, en su infortunio autoprovocado, y solo encontraba desesperación y un mezquino sentimiento que le refería todo el tiempo que había perdido. Lo sorprendía que aún tuviera el pulso de la vida, que aún se afanara en pensar, en descifrar, en buscar. En la angustia buscaba la solución y no daba tregua al escrutinio exhaustivo que hacía de su pasado. Pasando por padres, amigos, niñez, juventud, buscaba algo que le contestara la pregunta sobre si mismo ¡Él, que había soñado con ser algo que no era! y esa falsedad que lo llevó al horror y a la pesadilla, esa pesadilla en la que insistió hasta perderse y llegar a este punto donde se encontraba ahora, inmóvil.
         Sentía que la energía que antes manaba incesante y regodeona lo había abandonado y pensó por un momento en terminar con todo, así como habían hecho muchos. Una pistola, una bala, una sobredosis. El suicidio era una idea muy atractiva para él. La muerte es preferible al descontento; la verdadera quietud, a esta inmovilidad incómoda y dolorosa. Dolían los músculos, los labios. Dolían los párpados. La energía se había marchado y casi no quedaba alegría en el mundo. Pixelado con una brocha fina, cada cuadro del espacio le producía una indescriptible incomodidad. Desarraigo era una de las pocas cosas logradas en el abismo. Era obvio que para llegar a estar tan solo había que ser muy valiente, pero también muy estúpido. Y Kepler volvía a ofuscarse, volvía a enardecerse contra todo. Contra la poesía sobre todo, contra la música, contra su corazón delirante, contra esa muchacha que se afanaba en salvarlo, contra los árboles que se mecían, contra el mar que siempre se movía y de súbito, cuando recordaba estas cosas, se tranquilizaba y una tierna alegría emergía de la imagen del mar y de la proyección mental de un árbol moviéndose tranquilo bajo el sol. Pero entonces, se avergonzaba por la volatilidad de sus emociones y se decía que era la justa ganancia de una vida en el delirio. Desarraigo, debilidad mental y sangre.

          Rebeca lo asistía, lo alimentaba. Mantenía el cuarto fresco y a veces lo miraba con extrañeza, con una dulzura que lo inquietaba a veces, y a veces lo tranquilizaba. Era hermosa, de un perfil agudo y moreno, contenido por unos cabellos castaños que apenas se movían, así, como ella. Tímida y fuerte a la vez, no cesaba en su lucha. Conmovida por la desgracia de este hombre, hizo surgir en sí misma los motivos hace tanto tiempo olvidados. El movimiento humano que busca la compañía y las palabras. Conmovida porque, en el fondo, se sabía él. Y se sentía acompañada. No cuestionaba demasiado su egoísmo; comparado con su bondad, la necesidad de compañía y la esperanza no eran más que circunstancias.
           Los primeros días no cesó de cuestionarse su insensata compasión, pero cuando comenzó a leer lo que Kepler dejaba para ella, sus explicaciones, sus impresiones sobre el mundo, se sintió orgullosa y afortunada. Había rescatado a un hombre y con ello una esperanza para el mundo. Conocía a demasiadas personas que tenían aún inclinaciones compasivas, pero el impulso contrario, el de la inercia del salvajismo civilizado, transformaba lo hermoso y delicado en un amargo canto opaco. Y en esta contradicción en la que el débil se enfrenta con el fuerte habitaba sin alcanzar a disfrutar completamente de su dicha. En la acción misma que llevaba a cabo se cernían las sombras de la sospecha. Múltiples pensamientos contradictorios cambiaban la realidad hacía uno y otro lado. Era difícil para Rebeca sostener algo sobre sí misma sin sentirse abrumada por la sospecha de lo otro. Se había retirado lentamente de la vida. La extravagante muerte de su padre le produjo un imperceptible quiste de temor que atravesaba sus relaciones. Las traspasaba sin piedad y ahora podía ver en la desnudez y eso la espantaba. Después de la muerte del Don, gradualmente comenzó a tener dificultades para sostener lo que había sostenido hacía tanto tiempo. Las certezas se le fueron diluyendo y se encontraba en ese punto en el que no se sabe muy bien cómo seguir sin meditar demasiado. Rebeca temía a sus pensamientos y por eso evitaba quedarse demasiado tiempo quieta. Pero el temor, el quiste que le dejó la muerte de su padre, la fue persuadiendo de aislarse. Quizá era la necesidad de un cambio radical. Uno de los ciclos llegaba a su fin y esta era la oportunidad. Esta era la oportunidad de surgir con la alegría, con toda la alegría que para ella merecía la vida. Y entibiecida por esta esperanza sonrió porque ya no estaba sola y podría compartir esta insegura felicidad con un ser como Kepler.

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