miércoles, 17 de octubre de 2012

Algo para la mente


Era una grieta la que se abría
Dejando pasar la luz.
Y había en el alcohol algunas muecas de descanso
Que poco tenían que ver con el olvido
Y con la angustia del olvido.
Era un taxi, un hombre, un anciano sabio
Y Bondadoso.
Y también era la forma en que azul dejaba de serlo, para ser un poco más celeste.
No había algún brusco cambio
No torbellino.
Todo paso por la tierra era, apenas, un soplo inconsciente
Sin metáfora definida. Y había entonces un paso
Algo así como una mente
Que predicaba cosas absurdas
Que escribía para crear una esperanza
Aún más ridícula que no amar el dinero.
Pero también había un deseo
Un arribismo elemental tan propio del santiaguino
Una forma de moverse por lo que para todos es conocido
Era un sujeto demasiado extraño.
Como una pintura demasiado bien hecha
Era una muchacha que absorbía sus poderes del impresionismo
Se movía por los colores con una lánguida tristeza bondadosa
Mientras me miraba, escudriñando lo ahogado de mi pasión
Yo no se si eran las cejas, que venían e iban
Como los pobres.
No había finiquito, ni sueldo, ni beneficios carcelarios.
La dignidad de esos hombres,
tenía el olor nauseabundo de la mentira
Y la alegría eléctrica del desesperado
Pero ella se movía. Y yo, anotaba.

Tenía muchas ganas, se notaba. De escribir o de pintar, pero era un sujeto muy extraño. Y necesitaba la oscuridad, así como los hombres necesitan amigos. Necesitaba gritar, o girar ridículamente, insistiendo en una capa vacua que no cubría nada, dejaba desnuda la idiotez que necesitaba girar ridículamente, necesidad como cuando la cancha necesita jugadores. Necesidad morbosa esa de la cancha que necesita espectadores. Pero era una grieta. Pongámoslo así. Y pasaba la luz por allí, la forma en que es posible vivir de la maravilla, respirar y absorber enfermedad. Todo el polvo era un mastodonte fértil que se posaba sobre la ciudad, y elegía a quien hacer sudar y a quien reír.

Y encima todavía había luz
Y riesgo
Y la profundidad de una piscina.
Había mujeres, siempre hay mujeres.
Y había europeos.
Una de ellas usaba los ojos a la mitad. Y se pellizcaba las manos en silencio para esconder lo terrible de su nervio. Que no era demasiado trascendental. Y en esos rebotes desordenados, en el vino y en la sangre, la ausencia del alimento parecía requerir de nosotros un esfuerzo filosófico no tan terrible, pero muy poco estético.

Estaba la estética santiaguina de la buena onda
La elegancia revolucionaria de los departamentos
La inteligencia maravillosa que se pierde y no se regala
La forma en que se esconden los hombres del paso lento
O del fracaso.

Había un ninja. Era una fantasía, un delirio
La mujer esa lo inventó celeste,
A ella le gustaba la vanguardia
Pero tenía un miedo raro a no se que
No era beoda, pero era genuinamente bohemia
Lo que es casi lo mismo que absurdo
Inútil como todo buen placer
Pero era profundísima como un bosque que se quema
Como el olor de la madera quemándose
Y esa era su paradoja
Y en esa paradoja uno podía perderse
Podía hasta transformarse en vidrio
Y perder en la transformación
Todos los reflejos.
Era como morirse así no más
Sin pena
Sin escándalo
Sin cuerpo pudriéndose.


Y yo entonces, escribía
Ella se movía, a veces me amaba, a veces me odiaba,
Pero escribía sobre los callejones
Escribía sobre los locos
Y a veces, se me ocurrían cosas para que el común total de esta ciudad
Entendiera porque no me excitaba demasiado
Con los talleres en los que
Como decirlo.

No había palabras que pudieran explicar a Bernardo el trasunto casi mágico de las relaciones. Hace bastante tiempo que la sola práctica sin teoría le había producido buenos beneficios. Y en su casa lo esperaban todas las tardes noches. Era obvio, se decía, que la lentitud era un buen camino. Era obvio que la realidad se desplegaba tal cual un tablero de ajedrez, y las ecuaciones sociales significaban casi siempre puntos, soportes, pequeñas alegrías antes del vértigo total. Tomó su café, dos veces más. Pensó en fumar, pero se alegró cuando recordó que lo había dejado. Una preocupación, sin embargo, habitada angustiada en algún punto ciego de su alma. Su mente vigorosa no alcanzaba a palpitarla. Y quiso ser Rimbaud, para saber algo. En su ciega oscuridad, la alegría se confundía. Estaba parado encima de la razón, o del pulso, de la negra sabiduría milenaria. Posó su manó en la mesa. Amplia, grande. La miró, admiró las venas, el verde color, el flujo total. Había un cuerpo y estaban sus ojos. Y estaban los ojos. Era un dios, un pequeño dios. Alzó el celular, dio una orden. Anotó una idea. “El pulso de la vida es un reflejo, conviene siempre una memoria delgada sobre la propia historia”. Ropa, puso también. Necesito una corbata nueva. Ejercicios, puso. Belleza, y esta última palabra la subrayó. Belleza se quedó pesando. Belleza y nalgas. Belleza y ojos. Belleza y locura. Belleza y amor. Belleza y Belleza. Era un misterio. Era la simetría y el orden. Dios no mentía, nunca mintió. El daño, pensó. El pasado, dijo. Fruncía las cejas y apretaba los dientes. Ella fue el terrible suspiro. Ella fue un cuchillo, pensó. Y después, se lamentó. Por qué lo hizo. La recordó en el ataúd. Y se dio cuenta que no era necesario para el llegar a ese lugar. Notó que no lo buscó, pero que de todas maneras, apareció, llegó. Habitó en esa enormidad. Tomó dos sorbos de café. Había trascendencia bajo la tierra. Dibujó algo en sus notas. Puso un billete en la mesa. Se marchó.

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