miércoles, 17 de octubre de 2012

Obladi Oblada.


Ante la inevitable cuestión de la sobreviviencia, había que elegir alguna de las


moralidades, pertinentes o no, que permitieran construir un camino completo. Vacio de vacios, lleno


de certidumbre sobre algo irrenunciable: el desangramiento de lo que sangra para beber el tibio


líquido de la vida. ¿ Era posible conformarse con un camino echo a la medida de la mesura a la que


nos obligan la existencia tranquila o inquieta del mundo y nuestros padres, o el abismo de la muerte,


su vértigo y su fulgor harían que todo intento por impulsar el furioso deseo de vida hacia el


camino de la senil muerte fuera vano?


Para responder esta pregunta era necesario reconstruir, al menos deficientemente, una


historia del deseo del hombre y de su temor. Fue entonces, cuando la agria uva manchada de


infamia, dejó de ser útil a la incubación de la totalidad sin Dios, a través de la angustía. Y es


que era necesario asesinar todo vestigio doctrinal de ciertas enseñanzas equivocadas que decían de


humildad, amor y paciencia, pues estas, aunque, a veces, reconfortantes, no producian lo deseado en


la realidad. Un objeto que, de todas maneras, tenia mucho ue ver con la bondad desgarradora de lo


obvio que la doctrina nos velaba prometiendo el fuego eterno para quien se atreviera a comer de


su fruto.
Ahora el deseo estaba desnudo de velos y de reglas, de prudencia y de mesura. El deseo no concebia


futuro alguno, ni pasado, sino presente. Imaginé entonces al hombre comiendo del fruto y las


luminosas consecuencias de su actuar me revelaron arbitrariamente sus causas. La primera de las


lecciones entonces dice así:


La oscuridad precede a la luz
que ante la inquieta voracidad
de su violenta prepotencia
concibe la vida como la consecuencia de la angustia
de su turbulenta quietud.


Esta seña, el fuego negro que adivina
el movimiento ciego de la caotica armonia
deja en la vida la inalcanzable nostalgia
de aquella lejana paz a la que viaja
sin saber
que por voler a vislumbrar
el conocimiento aterrador del movimiento total
regresará a la angustia unitaria y particular
en la que descanza de su desgraciada oscuridad.


El movimiento a través del cual
la incomprensible negativiad
descarga su furia, produce destellos luminosos
que la incendian a si misma
como cuando un hombre angustiado por la traición
quema arditraria y desordenadamente
las naves en que su conciencia puso a viajar
a sus sujetos preferidos
o a la memoria de esos sujetos
que de súbito no eran ya aquellos
en los que depositaba su confianza
y en los que se reconocia
Asi también fue de imprevisible la luz
que alegre como una ninfa virginal
muestra seductoramente lo que desean ver los ojos
a la bestia que no conocia la belleza y por lo tanto
no conocía el dolor.
La imposibilidad de la imensa negatividad
produjo en ella misma un dulce deseo
que la distraia de su furia creadora.
El fuego negro anheló no ser no ser
y fue, entonces, el ser. 

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