sábado, 31 de agosto de 2013

Julio Medina Capitulo Uno

Desorbitante. Ando de a poco y perdido. Vuelve este vértigo vomitivo que me presiona los espacios y deviene una sensación quemante de vacío, de suspensión perenne de la paz.
Aquí les presento yo la vibrante ebullición de la miseria en todos los aspectos:

Unos griteríos masivos e ignorantes. Irritación del colón y de los párpados. Cejas derrapando en el borde ocular sombrío. El egoísmo supremo: que alguien destruya el mundo ahora. Nada de lo que anda tiene vida, en el fondo el odio crece y, feo, no lo busquen.
Bosque, flores pequeñas de mortalidad diaria, de costumbres serias. Un dinero evidentemente para algo, pero sin un para quien.
La uno sorpresiva entre olas y estrellas y gente andando y unos payasos de chistes repetidos. Choque de hombros quinceañeros, timidez. Cabeza en omóplato. Adiós y beso. Cerro, casa, mar, Morro. A la sombra de la noche mirar su silueta, mirarla y entender su dolor, saber cómo sufría y cómo quería hacer creer que no. No dije nada, esperé. Hablaba bien el ingles, madre norteamericana misionera enamorada de un hombre de Dios que cae y luego miseria y un poco de desastre -Dios no tiene misericordia-. Ningún muerto, quien sabe si afortunada o desafortunadamente. Aunque, más de algún pensamiento suicida. También Anarquía, que adentro más bien desilusión: desvirginamiento traumático de las evaporadas percepciones infantiles femeninas. Mis manos cogiendo la silueta deseada por primera vez. Un hermoso trasero; besos, besos desubicados. Niños sin saber muy bien donde y cómo coger. Fin. Yo canción a ella uno uno primera: cajón de mi muerte y encima molinos de vientos que en realidad hormigas y sobras; esa bifurcación engreída y traicionera que en el fondo montañas. Pero solo, fome.
La dos amada y amado. Crece burbuja y necesidad. Palabras indireccionadas que terminaron en algo grande en un santuario verde de monjas, curas y cementerios. Dios reina en su reino. Beso. Vergüenza, cierta ternura ajena. Dolor, en el fondo dolor. Escapando de lo inevitable, quedándose en el rincón menos austero, menos áspero de un rededor que huele y se separa de nosotros "los que veíamos distinto el mundo", cada uno por circunstancias particulares, cada uno con su dolor a cuestas. Desechada dos por confusiones hormonales olor a cerveza y piscola. Vacío, lento el aburridísimo pájaro para hablar, para pensar y hasta para sonreír. Catarata imperceptible bien al sur, bien adentro. No puede esconder mucho, en verdad nada que esconder. Calavera en cueva servida. Volátil el humus de la región toráxica. El peor camino. Ceguera, porfía, soberbia. Luz ella dulce, fuerte, sanguínea melancólica. ¿Y el Pájaro? melancólico colérico. Abiertos los brazos a la bondad. Ingenua forma de ver el mundo. Conveniencia, solo conveniencia.

Apretados de pronto los días. Voluntariamente apretados para mirar mejor la miseria, para entender mejor los circuitos de la miseria, las desilusiones y las falsedades. Para descubrir el momento exacto en que la farsa angelical se transforme en el pedazo de piedra que es, en el pedazo de piedra que cruje feliz en sus colinas verdes. Yo hago lo mejor que puedo para espantar, agarro toda la pesadumbre acumulada y la vuelco encima para oscurecer, para que no vuelvan a reír conmigo -plan de desencanto express-. Mi búsqueda de pureza no me deja otra alternativa. La falsedad rodeada de un basurero fétido.

La 3 querida y entrega casi total de intentos continuos, simultáneos, persistentes e inútiles de acoples fallidos. Fin. Resultado. Vaguedad de autos a fojas 219 a 221. Escaso el revoloteo posterior. Un poco de justicia hagamos: delicada y cuidadosa, buena madre será, buena esposa, buena mujer. Simpleza espiritual exquisita, cristalina la incapacidad de dobles intenciones, cierta falta de pasión, un poco de limitada empatía y nunca de la nada saber qué ocurre, nunca intuición, solo saberes ciertos sin vuelta que darle. Mujer hermosa, pero no para mí.

Stop. La algidez mundana a la que ya me había acostumbrado, intercambiando muy de vez en cuando ciertas palabras vagamente interesantes con la displicencia propia de los futuros vagabundos, desapareció. Hoy anhelo que me la devuelvan. Hoy quiero volver a desaparecer y caminar circularmente dentro de mi silencio triste y amargo y no tener que sonreír cuando no quiero. Aunque eso es siempre lo que hago y en esos momentos las formas encantadoras y las ideas agradables se alejan y me temen, pues yo solo quiero destruir, yo solo quiero matar. Aunque ya nada volverá a ser lo mismo después de saber que lo total pudo haber sido mío. Silencio.

La puerta suena. Apago el televisor y apoyo la cerveza en la mesa de centro. Mis pensamientos quedan tirados como siempre, a la deriva. No vuelvo por ellos. Se transforman en fantasmas de esta casa inmensa, y a veces miran por las ventanas a la ciudad que se mueve y a las señoras gordas caminando y sudando por los precios más baratos de las verduras en el mercado ambulante. Camino, cinco o seis pasos, menos, quizás mis pasos fueron pequeños, flojos, por eso di tantos; la puerta no está muy lejos del sillón. Abro la puerta y no veo a nadie, solo la inmensa noche sin estrellas, y el humo de ¿Fabricas? ¿Cigarrillos gigantes? ¿Vapor infernal? No hay nadie, solo unos jóvenes en la esquina de al frente cantando hip-hop y fumando pasta base; miseria a la miseria, infinito al infinito. Algo me asusta, quizás las miradas violentísimas de esos jóvenes que, desesperados, buscan una media hora de muerte, unos cuantos segundos de cerebro sumergido en plasta, en el estiércol de la modernidad. Pero juntos, mejor. Subjetividades marginales que aun así se anhelan, aun así se desean, copulan, se buscan, conversan, se ríen con esa risita tan agobiántemente horrible. Fuerte. Su situación no debe ser mucho peor que la mía. Quizás, un poco mejor que la mía. Al menos alguien los acompaña en su inconmensurable soledad.

No pienso mucho en quien habrá golpeado la puerta, no pienso mucho en para qué, ni en lo que habrá querido. Cuando me dispongo a cerrar veo en el suelo un papel blanco, abultado, no, no es un papel, es un sobre abultado, una carta sin remitente, sin nombre. Inclino mi torso y doblo mis rodillas, alcanzo a oler la pestilencia de mi axila derecha mientras bajo estirando la mano. Recojo el sobre, me levanto y vuelvo a mirar a los muchachos una última vez antes de cerrar de un portazo para volver al oscuro cuarto que me alberga. Vuelvo al sillón y sin prender el televisor me recuesto a reflexionar de nuevo:

La cuatro hecha de una infinidad de inseguridades. Y al mismo tiempo de una personalidad que provocaba revolcones de asco. En el futuro mujer maldita hablando estupideces, orgullosa de la inverosimilitud de sus acciones pretenciosamente revolucionarias. Aunque en el fondo, nada de revolución, cero contacto con la pobreza y con los apellidos comunes. Arribismo total hecho de cejitas con apariencia de inocencia. En el fondo, búsqueda incesante de rodeo de hijos de los poderosos. Búsqueda agobiante de un nombre desde el cual crecer y transformarse en el opresor de mierda. Nunca entendí qué fue lo que gustó. Entiendo si el estado estúpido en el que se encontraba mi alma para que sucediera. En el fondo, también algo hay de montaña alta y ganas de oro. Pero renuncio. Quise pobreza, quise psicología de la miseria y un poco de solidaridad. Renuncie a mi oro para ayudar y terminé en muerte. De todas maneras, mi soledad era tan implacable, tan impenetrable que solo me importaba el amor del ser, o el amor por el ser total y llegué a la conclusión que ese era el único amor posible o el más puro y por lo tanto asumí la soledad como el estado verdadero de comunión con el ser. Por supuesto, me engañaba. En el fondo anhelaba una sola cosa. Una cosa, algo, eso que había sabido y que habíamos desechado, porque si y porque las circunstancias y también porque no lo queríamos, no lo quería, tenía miedo, yo era insuficiente y vago, nada tenía para entregar. Ama a otros como te amas a ti mismo. Si solo me odio a mi mismo ¿Cómo voy a amar?
La cinco (la seis, la siete, la ocho, la nueve, la diez, la uno, la dos, la tres, la cuatro) fue la sucesión de todas o, la última que realmente quise para mi. Después de ella solo quedó desilusión. Aroma mango o algo así. O pera, se quedaba en el aire un buen momento. Sin embargo, horrible final. Pues, por las ultimas volteretas del camino vislumbré todo, y fue repugnante lo que intuí y lo que alcancé a agarrar. Preferí , pese a todo, quedarme con los primeros recuerdos, no con la forma en que el viento se llevó los magnetos que refulgieron entre pedacitos de ciudad y pedacitos de pudrición de relaciones anexas. Paralelas. Aunque paralelo yo, en realidad. 
Después, otras sin número. Nos entregábamos nuestros sexos de la mejor manera. Probábamos displicentes posiciones que dentro de sentimientos maravillosos son el cielo o el paraíso, o la democracia absoluta de los liberales, aunque a mí la democracia liberal me valga mierda. Entonces, nos entregábamos el sexo de manera total y a veces de manera parcial. Con displicencia o con ingenuidad. La experiencia nos da la lamentable habilidad de reconocer las emociones y manipularlas. La híper consciencia que tienen algunos, la inverosímil capacidad de intuición de otros posibilita el lamentable estado de retención emocional para nada. Se suman los argumentos, se suman las tristezas, se suman los miedos. Los adultos. Extraña combinación de malas decisiones y conformidad. Creación forzosa de felicidad por creer a ciegas en la economía liberal o en la democracia liberal. Y pareciera que ya no tenemos más alternativa.
Me hastié de mi mismo. Que amargura más grande me persigue. ¿Qué cosa habrá visto esa mujer? ¿Qué cosa tan valiosa imaginó o vio? No lo sé. Cuanto más analizo el asunto, menos respuestas tengo y me adentro un poco más en la angustiosa situación de querer y no poder. De insuficiencia total. De muerte, de fetidez. 

Miré el reloj y eran algo así como las once de la noche. Seguro esta sería una nueva noche de desvelos. Fui a la calle a comprar más cigarrillos. Quizás con suerte, encontraría alguien vendiendo marihuana. Qué, más bien marihuana combinada con mierda. De todas maneras compraría o robaría cerveza o algo por el estilo. Caminaba sin poder sacar de mi mente la imagen de esa mujer, Rebeca ¿Que habrá visto? ¿La primera sonrisa lánguida que le dirigí? ¿El desastroso estado de mi alma?

 Nací un poco hastiado de la vida. O, quizás, era el mundo el que estaba hastiado de tener tanto humano viéndose el ombligo. Y la irreversible pachamama me comunicaba secretamente su desencanto.  

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