domingo, 4 de agosto de 2013

Poema por Beto

Conocì a Beto por un asunto político. Me habìan dicho de èl que era uno de los oradores màs eficientes de la comuna. De los màs escuchados. De los menos queridos. Se escuchaban sus palabras por una cuestiòn de morbo. Sin embargo, ya desde el primer dìa, se esbozaba a susurros la estrategia que lo llevaría a la muerte. Beto era un vagabundo. Había robado, había bebido, había sido violado. Nunca matò, segùn lo que me dijo. Nunca amenazò a alguien con un arma. Para robar solo se valìa de su fea cara. De su control escénico y su cuerpo moviéndose en la puesta en escena. Voy a llorar voy a llorar, decía, pero no lloraba nunca. No llorò ni suplìcò cuando con la guillotina lo inmortalizaron.

Conocí a Beto de una manera fortuita. Nadie me dijo que lo conocería. Pero despuès de tomarme un cafè en microcentro. Distraido. Pensando en los seguros que debìa vender para completar la cuota mensual, alguien, seguramente, alguien, me alcanzó un poema manchado. Hieno de caca. Hieno de hieno. ¿Quien era yo en ese entonces? ¿era un poeta disfrazado de ejecutivo? Leì el poema. Lo leì mientras cagaba porque lo olvidè.  Esa es la verdad. Pero tambièn olvide un libro o el celular antes de entrar al baño. Y el shampoo me lo sabía de memoria. Revisè mis bolsillos y ahí estaba el poema de Beto. Un poema extraño, me dije. Muy suave. Muy leve. Incluso lloroso. Pero llanto de rabia. Cuando terminè de cagar, llorè desconsoladamente. ¿Estaba cagando con los ojos?

Conocì a Beto de una manera hermosa. Estaba llorando en el baño. Necesitaba amor. Le di un abrazo y conversamos toda la noche.

    Conocì a Beto justo cuando había aprendido a ponerse muchas máscaras. Tantas que ya no sabìa reconocer al hermano que no lleva ninguna. Asì que, ofendido por mi lenguaje
(yo estaba hablando en un latìn rudimentario con otros monjes rudimentarios) vino a increparme. Se asustó. Lo ví en sus ojos. Y quise probarlo. Una vez cagando en el futuro había leído algo de sus profecías. Y para probarlo levanté más la voz. No supo responder y agarró una botella. Los monjes nos separaron.

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